Un tal Pablo Escobar

Un tal Pablo Escobar

Pablo EscobarCuando yo tenía cuatro años no sabía qué era narcotráfico, ni extradición, ni paramilitares, ni guerrilla, pero sí sabía que terrorista era un señor malísimo que ponía dinamita en todas partes para matar a mucha gente, incluso niños como yo. Le tenía miedo a tres tipos de seres: los vampiros, los monstruos que de noche se agazapaban bajo mi cama o dentro del closet, y Pablo Escobar. Lo de los vampiros se solucionaba tapándome con la cobija hasta el cuello para dormir, costumbre que todavía tengo aunque ya no le tema a estos engendros. Lo de los monstruos era menos fácil, me aguantaba el miedo un rato y si no se me pasaba, me iba a dormir al cuarto de mis papás, después de atravesar el oscuro corredor valientemente o llorar para que vinieran por mí. Lo de Pablo Escobar era distinto.

No sé por qué a esa edad veía noticieros. El caso es que era plenamente consciente de que vivía en un país llamado Colombia, que hacía poquito habían matado a un señor Galán con camisa roja, que el Presidente se llamaba César Gaviria y que Pablo Escobar era “ un malo ” que hacía instalar carro-bombas para tumbar edificios porque sí. Este señor clasificó dentro de los seres que más pánico me causaban cuando una noche, mientras esperaba a que mi mamá me preparara el tetero, se escuchó un estruendo terrible y estallaron todas las ventanas del apartamento. “El Patrón” acababa de hacer explotar una bomba en una discoteca de la calle quinta porque estaba en plena guerra con el Cartel de Cali. Hubo no sé cuántos muertos en la calle y no quedó un vidrio entero en mi casa.

Pablo Escobar se convirtió desde entonces en una suerte de “coco” para mí. A veces soñaba que venía a secuestrarme, que mataba a mis papás, que esta vez la bomba era en mi casa. Cuando lo mató la policía, debo admitir que sentí alivio. No comprendía en ese momento que el monstruo de mis pesadillas era solamente un producto de esta sociedad podrida desde lo más bajo hasta la cúspide, en donde una obsesión enfermiza por el poder había llevado a este hombre a realizar crímenes tan infames y abundantes que lo convirtieron en el capo más grande del país.

No he podido saber bien a cuánta gente asesinó Escobar a punta de balas y dinamita. Unos hablan de 2.000, otros de 4.000 y otros dicen que 10.000. Claro, es una leyenda ya, y también un símbolo de Colombia en el exterior. En Europa estaban vendiendo camisetas con su foto acompañada de lemas tipo “Pablito, te quiero”. La ignorancia es atrevida, pensé, pero entonces encontré varias páginas web dedicadas a él, entre ellas un perfil en Myspace, en el que tiene 2.687 amigos y más de 500 comentarios que le expresan admiración y afecto por ser un duro, lo mejor de lo mejor. Incluso supe que algunos van a su tumba a pedirle milagros.

¡Pero si era buenísimo! Si le construyó un barrio entero en Medellín a gente que no poseía nada. Si cuidaba a su familia. Si era un filántropo, como dijo una de sus ex amantes burlándose de los miles que murieron, o quedaron mutilados o perdieron a sus familias gracias a su labor filantrópica. Pablo Escobar logró en este país, donde el amor sirve de excusa para las más grandes atrocidades, convertirse en demonio y dios mayor del culto al dinero. Admirado u odiado, pero siempre temido, Escobar consiguió algo de lo que quería: un lugar en la historia, aunque sea en el cuadro de los peores villanos.

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