Una muerte anunciada

Una muerte anunciada

Foto:Lina Álvarez

Son las 4 am, el sol ni siquiera ha asomado su cara y ya don Edgar está listico y con las pilas puestas pa’ vivir  un día más de trabajo. Todos los “santos días” le replica a su esposa que la “vaina está dura” pero que toca que “guerreársela” tal como lo ha hecho los últimos 21 años de su vida.

Con la “percha” indicada, el dulce-abrigo en la mano y uno que otro “pucho” en el bolsillo, se arma para sobrevivir a la guerra, a la guerra de las calles, del trabajo… del centavo; aquella que representada en cifras cuenta con más de dos mil guerreros que día a día salen a las vías, y se enfrentan ya no sólo con sus compañeros, si no con la zozobra misma que los consume al pesar en su cercano e incierto porvenir.

“La berraquita” es su buseta, su compañera, su vida… como siempre alegre y a veces despechada acompaña a Edgar 16 horas de su ajetreada jornada, le lleva el almuerzo, lo anima con música, lo estresa con sus chirridos, le grita con su pito y  le brinda el sustento para mantener a sus tres hijos, todos ellos bachilleres.

En una carrera de colores, contra los obstáculos y el tiempo mismo, entre saludos, gritos, cantos, “hijueputiadas” y pregones, las alas de “la berraquita” 7 siempre son eficientes. Cuatro llantas terminan siendo dos pares de “propulsores” capaces de transportar a más de 100 personas, que se mueven desde  el barrio Floralia hasta la carretera Panamericana diariamente.

Con nostalgia don Edgar cuenta y hace cuentas; en sus dedos de la mano no le caben los años y mucho menos las preocupaciones, parece que éstas se alimentaran del paso del tiempo, ya queda poco, o mejor dicho nada… el fin del Transporte Urbano de Cali está anunciado, 20.000 familias se quedarán sin “de a dónde echar mano” serán el resultado, y al perecer la indiferencia será el “pan de cada día”.

Cuarenta y seis años, cinco deudas, cuatro mascotas, tres hijos, dos mujeres y una sola preocupación que se ha convertido en el eco de todos. Viejos  unísonos del “amigo me lleva en mil”, “dele pa’ atrás que ahí hay espacio”, “con el permiso del señor conductor”, versos y cantos; imágenes casi fotográficas de aquel peluche rojo en su palanca de cambios, de las hilachas que cubrían el parabrisas, del perrito de la cabeza movible… Recuerdos de la gente, de las historias, de su vida.

Sumas y restas dejan un sabor amargo, augurios monocromáticos untados de un azul rey (del monopolio) se acercan frívolos a don Edgar y a sus 2.300 compañeros, que en búsqueda de un hasta luego encontraron un adiós y la muerte anunciada de sus sueños y el de sus familias.

Mientras todos  parecemos ser la fiel copia del perrito que a todo le dice sí, los poquitos dueños del poder se siguen llenando la barriga y los bolsillos…

Don Edgar no es brujo, pero no necesita serlo para decir con total seguridad que se acerca a pasos agigantados “el principio del fin”.

Comments

comments