Uno “como yo”

Uno “como yo”

En Los Simpons, la Película, la familia logra escapar de la policía porque al cartel con que los buscan le dibujan bigotes y cabello, distorsionando su fotografía y haciendo que capturen a otra familia que pasaba por allí en ese momento y que coincidía con el nuevo retrato.

Graciosa escena, sin duda, pero no tanto para quienes conocen sobre las curiosidades de asombrosos parecidos, como yo.

Mi profesor de cálculo en la universidad era paisano mío, “de Pasto, pues”. Su cabello era liso, rebelde y con el corte no lograba dominar sus puyas para algún lado. Siempre despeinado, prefería andar sin complicaciones por su apariencia física, con jeanes y camisetas como uniformes de su menudo cuerpo.

Y estaba yo: con las mismas características de vestir y de lucir que él. De vez en cuando, para disimular, me ponía gel y una camisa para marcar la diferencia, pero no más abría mi boca para preguntar algo en clase sentía que le estaba preguntando a mi otro yo, el que sí sabía cómo hacer una integral triple: el acento pastuso era evidentemente gracioso entre el caleño oficial. Hasta me preguntaban si yo era hijo de Figueroa. A mí no me importaba, y creo que a él tampoco.

Un día en que no procuré mi supuesto cambio extremo por el afán de llegar al parcial final, seguí de largo por el pasillo y entré decididamente hasta el fondo del salón a sentarme al primer pupitre de la fila para el repaso de última hora. Los estudiantes que esperaban al profesor fuera del salón se apresuraron también a entrar y tomaron sus asientos ordenadamente y en silencio como es común en los exámenes. Un par de minutos después soltaron una sola carcajada que me hizo voltear a ver: todos se reían luego de haberse quedado esperando a que empezara a entregar los cuestionarios, y me reclamaban burlonamente por haber seguido como becerros “al profe” en medio del tremendo estrés del momento.

Y ahora, trabajando como profesor hora cátedra, hay un estudiante de un semestre inferior al que yo enseño (claro, no ecuaciones diferenciales ni derivadas dobles) que se parece a mí y que no conozco (!). Ya varios le habían dicho de su gemelo, pero él no les creía.

El otro día el portero me contó que estaba con él charlando de cualquier cosa, y que pasé por ahí cerca: el muchacho se rió con toda la gana y se quedó aterrado del sorprendente parecido. Pero la cosa no paró ahí. Al otro día, me dice el mismo portero, llegó rapado totalmente a la universidad. Tal impresión le causó la semejanza que prefirió cortarse el cabello, que era la característica más distintiva y equitativa entre él y yo, y que ahora va hasta el salón sin gafas para desigualarse de su reflejo.

¿Únicos y diferentes? Definitivamente. Entonces, ¿por qué nos molesta que alguien tenga la misma ropa o accesorios que uno? ¿Por qué nos escondemos del que se parece físicamente a nosotros? ¿Qué de malo tiene ser “como el otro”? ¿Qué de malo tiene ser “como yo”?
¡Un saludo a mis clones con ombligo!

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