Sin oficio patriótico

Sin oficio patriótico

Foto: Isabella Bedoya

A los buenos parceros.

 

Saludo al Negro, al Rolo y a un tipo delgado que nunca había visto. El Negro advierte mi cicla rosada y pregunta que si es nueva.

-…es que mi mamá la mandó a pintar. Antes era vino tinto, pero las mamás no saben de esas cosas sino hasta que uno las coge de recocha.

El Rolo aprueba el comentario con la cabeza. Dice que debo ponerle una calavera en el tubo para que parezca un poco masculina. El tipo delgado sonríe con los ojos cerrados y no vuelve a abrirlos.

-Parce, pero le tiene que subir al galápago –sentencia el Negro con seriedad-, porque eso tan bajito es malo para las rodillas.

Había intentado arreglarlo en otra ocasión, pero la tuerca en la base del galápago no había cedido por el óxido. Dejo la ‘burra’ en el piso y tomo un lugar con ellos en ‘la rotonda’, una gran banca de cemento que describe un semicírculo rodeado de palmeras. Se aproxima el otoño en la Universidad. Agonizan con la tarde los delicados amarillos en los movimientos silentes de las ramas de los árboles. El pasto y la tierra ceden al gris y empiezan a confundirse con el cemento.

Mi cicla rosada también pierde su color. Este lugar, ‘Banderas’, es un paradisiaco jardín lleno de verdor, pero también es la ruina de un templo consagrado a los ídolos del ocio. Adoptó su nombre por las astas desnudas que, sembradas en todos sus flancos, quizá nunca conocieron un oficio patriótico.

Un poco más allá, el árbol más hermoso de ‘Banderas’ corona una leve pendiente. Sus brazos se abren para sostener el cielo; algunos bareteros se sientan en sus gruesas raíces. Me pego dos ‘ploncitos’ de un joint que el Rolo por fin se digna a pasarme. Luego se lo entrego al Negro, quien al fumar contrae el rostro circunspecto como un viejo sacerdote. Es un ritual que está por concluir. El bareto se ha vuelto una ‘pata’ hirviendo y las comisuras oscuras deben conservar una prudente distancia. Y el humo recorre obediente esa pequeña distancia y se esconde en la boca del Negro.

Las brasas postreras le han dibujado una cicatriz en la punta de los dedos, una sutil mancha amarillenta que revela su costumbre vespertina y su predilección por las últimas y más placenteras bocanadas de humo.

El Rolo tiene una herida en la boca que parece un herpes recién curado. Hace un par de meses se había quemado cuando trató de prender una ‘pata’: la sostenía con una pinza metálica que el fuego del encendedor calentó. No quería comprometer los dedos y terminó dándole un beso al diablo. Pese a que la historia concordaba con la torpeza de la que hace gala el Rolo y la protuberancia en el labio inferior iba bien con sus toscos rasgos,  fingimos no creerle y lo acusamos de frecuentar los putiaderos. Allí le habían pegado el herpes.

-¿Te vas a fumar los dedos o qué? –reprocha el Rolo. El Negro concluye la ceremonia al aplastar el bareto con el zapato. En el piso queda el rastro de un color, un color asfixiado, verdoso y cetrino. El Rolo toma la onza de marihuana que está a su lado y pregunta que si nos vamos a armar otro. Nadie se opone.

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