Vestigios de un martes 13

Vestigios de un martes 13

“Mija! Tráigame una vela, hoy es martes 13 y las brujas están meneando la olla”. Eso era lo que siempre me decía mi abuela cuando vivía con ella cada mañana de un martes 13 y yo como una buena nieta le entregaba una vela de color violeta para canalizar las energías negativas que se presentan en ese “tenebroso” día. Yo por mi parte intentaba seguirle la corriente para que no me regañara; pero eso de la vela, el agua bendita y la mala suerte no me cuadraba del todo, hasta que cogí mi camino y decidí irme a vivir sola y dejar de hacerle caso a las supersticiones de mi abuelita.

No sonó el despertador, me levanté corriendo, pero puse el pie izquierdo primero ¡Ahg me cogió la tarde! Me metí a la ducha, me puse shampoo y jabón tan rápido como la mujer maravilla; abrí la llave pero no caía agua; un madrazo salió inconscientemente por mi boca, corrí hasta el patio y llené un tarro con agua del lavadero y a punta de vasija me quité el jabón.

¡Se me olvidó planchar la camisa!

Encendí la plancha. Estaba tan alto el nivel que se me quemó mi blusa favorita ¡Esto sólo me pasa a mi! Cogí lo primero que vi medio decente en el closet, me puse brillo labial y rubor en un microsegundo, salí de la casa y me monté en la Ríocali (mi seguridad me valió huevo).

Llegué 20 minutos tarde a la “U”; entré al salón y para colmo de males tenía quíz sorpresa de un tema que no entendía; hice el examen como pude (consciente de lo perversas que eran mis respuestas) y salí a desayunar. Como si fuera poco, en la caja registradora del restaurante me di cuenta de que no llevaba mi billetera y mis llaves; llamé a un amigo para que me pagara la cuenta y él corrió a ayudarme; pero qué sorpresa la que me llevé al verlo reírse cuando me vio.

¿Qué tengo Andrés? Con una carcajada me respondió que parecía un payaso de tanto rubor que tenía encima. Rápidamente me limpié y seguí con lo mío pero quería que me tragara la tierra; ahora entendía por qué todo el mundo me miraba con risita burlona.

Regresé a mi casa. Me tocó abrir la puerta metiendo un palo por la ventana, me demoré dos horas pero ¡lo logré! Me senté en la sala agotada, con malgenio y estresada; me puse a pensar ¡Yo si soy salada!

Hasta que sonó el teléfono, era mi abuela que llamaba para advertirme: “¡Mija! Recuerde comprar una vela porque hoy es martes 13”. En ese momento comprendí que yo no era la salada, era el día el que no cuadraba.

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