Vida en el vecindario

Vida en el vecindario

Ilustración: Vanessa Muñoz

¡Juemadre! Fue lo que dije al no encontrar las llaves de mi casa en el bolsillo del pantalón y en medio de un aguacero de lunes y una hecatombe urinaria inminente que me hacía saborear un ligero tinte de fina champaña tibia mientras daba saltitos en puntas haciendo muecas que no practicaba desde los 5 años.

Pensé en desobedecer la urbanidad de Carreño encima del arbolito de ficus de la esquina, o hacerme el valiente aguantando mientras llegaba mi familia y me encontraran llorando contra la pared y la entrepierna mojada no precisamente por la lluvia; por eso decidí pedir el baño prestado en casa de mi vecino.

Toqué tres veces y me hicieron la pregunta más incómoda y difícil de responderle a una puerta en medio de semejante situación: ¿Quién es? ¡Yo, Víctor! El hijo de Rosalba, la señora de enseguida.
– Bien pueda mijito siga… respondió la puerta.

¿Doña Flor usted es tan amable y me presta el baño? Gracias, y sin dejarla hablar entré corriendo a abrir la puerta de lo que pensé y efectivamente era el sanitario, encontrándome a don Cheo, el vecino, en currucas dejándome una inolvidable imagen que hasta hoy no he podido superar.

Siga al otro, bien pueda; dice doña Flor, en un lenguaje que sólo entendió mi vejiga y que hasta ahora ha sido lo más agradable que le he oído desde que a mi cuarto entra su melodiosa voz cantando quién eres tuuuuuu de que te las piiiicaaaas los domingos muy a las 7 de la mañana.

Lo hice, pude terminar mi viacrucis, tan feliz que aun no caía en la cuenta de dónde estaba exactamente, cosa que vine a entender al sentir encima a cuatro engendros de 7 años cada uno jugando a morderse y a morderme, acabando con todo a su paso como si fueran cuatro cabras rabiosas sueltas en una cristalería; y al fondo don Cheo diciendo: uyyy chino, que pena mano pero es que usté entró y yo estaba concentrao en lo mío… ni lo vi.

No, ‘tranquilo vecino! antes disculpe usted, con permiso; y tratando de borrar la imagen quise salir.

Pero doña Flor ya tenía listo un plan merendero que le daría como resultado el adelanto de las noticias de mi casa durante la semana anterior, me sirvió unas onces chamánicas que terminaron por hacer efecto y me enfrascaron en un interrogatorio acerca de mi familia y de por qué hacía una semana no veían a mi papá por la casa.

Todo me era más familiar con el chocolate, desde doña Flor hasta el mendigo perro que embarazó a Tica la perrita de mi casa y que resultó ser el acompañante de don Cheo a sus maratones atléticas del sábado con exhibición de pantaloneta color guayaba que no dejaba mucho a la imaginación, la misma que se le desató en mitad del último torneo de canchitas que organizaron para pintar la cuadra en la navidad del 98 (quiero olvidarlo).

Sin embargo pienso: extravagantes, folclóricos, coloridos y para mí algo ordinarios, de no ser por ellos, en vez de ser el invitado a las onces pude terminar siendo su tema de conversación por causa de mi pantalón mojado (sin duda). A estas alturas les agradezco: baño, escampada y onces, igual que el hecho de darme cuenta de que son ellos los que tienen el vecino más antipático, odioso e intolerante del barrio, o sea: yo.

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