#Relato: El muro de los idiotas útiles.

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#Relato: El muro de los idiotas útiles.

El muro de los idiotas útiles.

Somos un ladrillo en todo este rollo de la educación.

Cinco y cuarenta y cinco de la madrugada, el reloj toma la forma de una bomba nuclear, el gélido ambiente me agarra las pelotas. Mi mantra interior se torna de manera agresiva. Las neuronas en su impulso por reaccionar, hierven entre sí, violentamente. He vuelto a la asquerosa rutina. Me inyecto una dosis considerable de cafeína en las venas, para aguantar la tediosa mañana. No dormí lo suficiente estas últimas noches. Las ojeras lóbregas, rodean en media luna, el contorno de los ojos… Los parpados caen lento.

Despierte, ponga atención. Mierda, ¿cómo llegue a este lugar? Todos uniformados. Un plantel de inquisidores. Ordenes aquí y allá. Nos empaquetan información. Calificaciones. Tableros. Lápices. Ladrillos. Las nubes, el sol, una linda muñeca… Reaccione señor David, acá no se viene a dormir. Coseno, seno, derivada, fuerza cinética, profundice el noúmeno, aprenda el movimiento vanguardista para mañana, verbo to be… La luna, las estrellas.

Salto un muro, dos muros, tres muros. El aire tensa mis brazos, todo es apaciguante. Soy renuente a regresar. Quiero buscar el Dorado, ser un pirata, plantar un árbol, sentir la brisa… Un golpe estentóreo alarma mi consiente, y paso de ser un utopista, a un estudiante rezagado.

Otra vez se quedó dormido señor David, ya sabe lo que le pasa a los que no siguen las normas. Jodido el asunto, porque no sé lo que le sucede a los hampones… Diez y cincuenta y cuatro de la mañana. Una fuerte llovizna inunda los hoyos vetustos producidos por el constante uso de las losas de cemento. Un salto. Dos saltos. Tres saltos. Zapatos enlodados escurriendo agua. Susurros en los pasillos. Olor a grasa. Un descanso breve antes de continuar con el proceso. Notas, más notas. Ceros. Unos. Ceros. Ceros. Es usted un estudiante ineficiente. Dos. Ceros. Unos. No tiene habilidades. Ceros. Tres. Ceros. Unos. Ni capacidades. Ceros. Dos. Dos. Tres. No sirve para nada. Materia reprobada.

Cuatro y veintidós de la tarde, estoy en la calle consumiendo el ácido humor que me produce ser un fracasado social. Ya no hay espacio para los soñadores, todos han sido llevados a la hoguera, quemados por ser unos blasfemos. Lo mejor es morir con honor, un harakiri cáustico, una flor que brota de mi vientre. Corre que te alcanzo señora Muerte. Sangre putrefacta con gusanos come carne. Soy un producto mal elaborado de la industria educativa.

Seis y once, empieza a caer la noche. Mejillas rosadas. Perfumes franceses. Café. Tírame un beso muñeca. Pilas de libros riegan la habitación, los medios hablan del sexismo, buena alimentación, salud, ejercicio, deportes, se preocupan por buscar una manera de vivir, pero se olvidan de vivir.

Guerras contra las drogas, hambre, miseria, melancolía en los ojos de los niños, sed de justicia. Larguísimas listas de idiotez inhumana. Y aun así prefieren ponernos tras un puesto, callar y repetir un sinfín de conceptos que el día de mañana vamos a olvidar.

La noche llama a los gatos. Maúllan. Persiguen por los tejados a sus doncellas. Yo te vi. Tú me viste. Leo a Caicedo, le mezclo algo de Bukowski, me enredo con Chaparro, me nutro con Orwell… Ritmos por doquier, the Rolling Stones, the Clash, AC/DC, Lou Reed, David Bowie, Iggy Pop… Cortan la música. Señor David, haga las tareas, es la única manera de ser alguien en la vida, de amasar una fortuna, de ubicarse en un buen status social ¿comprende? No, no comprendo esta mierda, esta hipocresía barata.

Me voy a dormir. Un día menos de rutina, ya dejé de contar cuántos viví, ya no me importa. Que se joda todo. Once y trece de la noche…

 

#Relato: El muro de los idiotas útiles.

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