Un país como Colombia debe superar estadísticas tan dolorosas como el aumento de la violencia contra la mujer

Por: Fernando Jiménez

En el cuento En este pueblo no hay ladrones, el Nobel Gabriel García Márquez, describe una escena demoledora: Dámaso, el ladrón de tres bolas del billar de Macondo, agrede a su compañera, Ana, cuando ella procura impedir que cometa nuevas locuras.

Gabo describe la contundencia de los golpes y el dolor que siente la mujer, mayor que su marido y que, pese a la brutalidad, lo sigue amando y no desea verlo en la cárcel.

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Alguna vez, en el Calvario, un barrio deprimente del centro de Cali donde se vendían y consumían drogas, escuché a una mujer llorando. “Mi mayor error fue enamorarme de un adicto”, se lamentaba, mientras amamantaba a un bebecito. A su lado, dos hijos más que lloraban con hambre. El hombre se consumía cualquier peso en bazuco y heroína. Estaba realizando un trabajo periodístico en la zona y salí con el corazón destrozado.

Colombia es uno de los países latinoamericanos donde pervive un machismo tal, que se estima que una de cada tres mujeres es víctima de violencia física o verbal. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las acciones agresivas se tornan recurrentes en los hogares.

El asunto no es cultural ni de estratos. Igual puede verse a una mujer con evidentes golpes en su cuerpo en zonas privilegiadas de la ciudad, como a una madre de familia proveniente de un barrio popular tratando de evitar que se descubra que ha sido golpeada.

Es un asunto de actitud y de falta de respeto hacia la mujer, a quienes el apóstol Pedro llama “un vaso más frágil” (1 Pedro 3:7).

En ese orden de ideas, el Día de la No Violencia contra la Mujer, cada 25 de noviembre, no debe pasar inadvertido. No se concibe que sigan ocurriendo feminicidios ni hechos de violencia intrafamiliar por actitudes machistas, de celos o de intolerancia. A la mujer, ni con el pétalo de una rosa.

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