Más principios, menos leyes.

Vivimos, crecimos y nos criamos en una sociedad donde la solución para cualquier problema es poner una norma, crear una regla y hacer una ley, pero la historia nos ha mostrado que esto ha sido inútil y costoso, no ha cumplido su objetivo. Tal vez porque lo que hay que modificar es nuestra forma de pensar y actuar, y hacerlo desde el inicio, los famosos principios: una nueva lógica, un comportamiento que puede quedar en nosotros para siempre a través de la cultura, el ejemplo y el cumplimiento por parte de nosotros. Porque de lo contrario seguiremos creyendo que la única solución a nuestros problemas es crear nuevas reglas de juego, sabiendo que la mayoría no las vamos a cumplir.

Crear más leyes no solucionan nada si nosotros no las cumplimos, se ha vuelto común la frase “hecha la ley, hecha la trampa”, que ilustra esta situación. Tener un marco normativo es fundamental para tener claras unas reglas de juego que se adapten a la realidad y diferentes contextos, pero en la práctica tener más leyes y más normas genera un gran desgaste administrativo y crecimiento burocrático, más trámites y procesos para atender las nuevas restricciones.

Pero la ausencia de principios, sumada a la cultura de la ilegalidad y del atajo hace se deba tener una ley para cada situación específica, casi que generando una normativa hasta para lo aparentemente “obvio” como sucede en nuestra constitución, en donde se prohíbe matar a alguien, como si fuera un tema sobre el que fuera necesario dar un lineamiento. Hemos llegado al límite en el incremento de normas ante la ausencia de valores, de ética, y aún así no llega la solución, porque hay quienes se encargan de interpretar, e inclusive en buscar vacíos jurídicos y otras leyes con las que puedan jugar para finalmente privilegiar o justificar un comportamiento
que haya generado algún tipo de daño.

Desde El Clavo hemos venido haciendo énfasis en este tema, debido a que las leyes por sí solas son letra muerta si no están acompañadas de procesos de educación y sensibilización que trasciendan nuestra cultura. Que no sea necesario explicarle a alguien que el cinturón de seguridad se debe usar para salvar vidas y no por una multa; superar lo básico y entender que muchas leyes “obvias”, como prohibirla pólvora para los niños, están ahí porque hemos fallado como sociedad al no haber podido educar a nuestros ciudadanos.

Tal vez el camino está en volver al inicio, a los principios y poder educar a unos niños que aprendan a respetar a los demás, a no pasar por encima del otro, a entender que sus derechos llegan hasta donde empiezan los del otro y que hay que actuar hacia los demás como si fuera conmigo mismo. Una tarea de largo plazo que inicia siendo conscientes de esta realidad, saber que debemos cambiar y que por lo tanto hay que actuar diferente porque también educamos con nuestro ejemplo. De esa manera nos evitaríamos tener que llenar de normas todos los espacios cotidianos porque no somos capaces de entender lo básico, lo principal.

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