Cómo no recordar. Homenaje a los 15 años de El Clavo

Cómo no recordar. Homenaje a los 15 años de El Clavo

Todavía recuerdo el día en que me dieron mi primer trabajo en El Clavo. Mi función era representar al periódico frente al consejo de Grupos Estudiantiles, el cual estaba conformado por un grupo de estudiantes ñoños y pajizos que en medio de tanta banalidad algo querían por lo menos intentar.

Creo que sólo fui a dos o tres eternas reuniones y decidí no volver, incluso no volver al periódico. A los dos días recibí un sorpresivo correo del director diciéndome que no había problema, que no me fuera de El Clavo, que dijera que me gustaría hacer. Dije que me gustaba el cine, y me abrieron un área, me consiguieron permiso abierto de la universidad para usar sus equipos, y fue ahí donde dí mis primeros pasos en este largo camino del audiovisual.

Luego vino la escritura. Un ensayo escrito para una clase, la política como espectáculo, fue mi primera publicación, era como un voto de confianza, y desde ese día tuve una ventana abierta para escribir sobre lo que me diera la gana.

Sin ninguna preparación, sin ningún titulo encima ni especialidad, pude decir que no me gustaba Uribe, pude decir que la corrupción es y será por siempre el peor de nuestros males, pude gritar que el paramilitarismo era un gran error, pude decir que las universidades no invitaban al goce sino a satisfacer las leyes del mercado, conté experiencias sobre el chancuco, hice un elogio al padre de los ácidos, escribí crónicas de jóvenes mafiosos, lo que quisiera lo dije. Y a manera de reflexión, puedo decir que ese espacio fue mucho más importante para mi proceso intelectual y profesional que muchas de las clases del pensum.

Curiosamente, varios años después, recién llegado a Bogotá, con la necesidad urgente de un trabajo, y sentado frente a José Fernando Hoyos, Editor de la sección Bogotá y Enfoque de la Revista Semana, en una entrevista laboral, fueron esos textos y el haber participado de El Clavo  lo que hicieron que fuera incluido en el equipo de proyectos especiales de la revista mas importante del país.

Y es que a parte de ser mi primer lugar en el cine y en la escritura, estar allí fue ser testigo de cómo es un medio por dentro, de lo difícil que es conseguir pautantes, del eterno conflicto entre los contenidos y las ventas, de la lucha constante para no dejarse llevar por la idea de que la gente no quiere leer, por asumir una posición política  en medio de un mundo cada día más alienado por las mil y un atracciones que se nos presentan a manera de consumo, de ser capaz de opinar y cuestionar lo que no nos gusta.

Cómo no recordar la cara de Vargas Lleras cuando vio la caricatura de Uribe dibujado como Terminator, en aquellos tiempos cuando el actual ministro era uribista; cómo no recordar los viajes a Bogotá a los no muy agradables eventos de Líderes en la U, eventos que parecen más un panfleto político que otra cosa (organizados por la revista Semana); cómo olvidar el gran orgullo que sentimos por el premio nacional de periodismo; cómo no recordar la impecable ortografía de Meza y la orrografía de Ricardo Caicedo; cómo no recordar aquellos amores furtivos que existían entre líneas de los consejos editoriales, y por último, cómo olvidar que fue ahí, en esa pequeña escuela llamada El Clavo, donde aprendí algo fundamental: que lo valioso es ser quien uno es, que lo valioso es poder convivir en medio de las diferencias, nada mas democrático que eso. Cómo no recordar que haber estado en El Clavo fue un punto aparte.

Comentarios

comentarios