#Crónica: Sebastián y Claudia:  la otra historia de madre e hijo condenados a prisión. Parte final*

#Crónica: Sebastián y Claudia: la otra historia de madre e hijo condenados a prisión. Parte final*

Parte final*

Sebastián y Claudia: la otra historia de madre e hijo condenados a prisión. Parte final*

Sebastián y Claudia: la otra historia de madre e hijo condenados a prisión

El 10 de septiembre del 2017 fue el día en que la recaptura tuvo efecto, y madre e hijo quedaron encerrados por las leyes colombianas y la presión desenfrenada de la fiscalía y los padres de los niños que habían comprado pasteles con marihuana. Sebastián Ángel Gómez y Claudia María del Carmen Gómez, fueron condenados a 8 años de prisión sin derecho a reducción de penas, por ‘concierto agravado’, ‘estupefaciente agravado’ y ‘suministro a menores de edad’.

Después de ir de una estación a otra, por separado, Sebastián y Claudia se reencuentran en la Estación El Guabal, ubicada en el barrio La Selva, un edificio gris de dos pisos, asilado de otras construcciones. No pasó más de un día para que tuvieran que despedirse: Sebastián tuvo que enfrentar la presión de los agentes y otros detenidos en la estación cuando se quedó solo, momento en que adoptó su apodo ‘Brownie’ por los comentarios de sus ‘compañeros’, mientras Claudia iba camino a la estación El Caney. Al poco tiempo, cada uno fue asignado a un centro carcelario: él fue internado en la Cárcel Villa Hermosa; ella en el Complejo Carcelario y Penitenciario de Jamundí, COJAM.

 

Pagar para sobrevivir

Antes de ser internado, ingresando a El Guabal, Sebastián pidió a sus conocidos que le compraran gaseosa y varios tipos de mecato para ingresar con él. El pedido le valió el ‘ticket’ de entrada a la jaula. Una vez adentro, lo despojaron de su maleta y el mecato que llevaba por fuera de ella, sin que él se opusiera a nada. Mantuvo la misma actitud hasta que uno de los internos le propuso que se bañara.

Al ver la resistencia que opuso Sebastián, preocupado porque le robaran sus prendas, uno de los presos le gritó mientras le daba dos palmadas en el pecho y la tensión aumentó cuando Sebastián adoptó una postura agresiva. Antes de que todo se complicara más, uno de los presos intervino con autoridad, asegurándole que no pasaría nada. Él hizo caso: se ducho y todo parecía correr con normalidad.

Lo siguiente que supo fue la cuota que debía pagar para ingresar a ‘la jaula’. Los $50.000 que dio a cambio de dormir en el piso duraron una semana libre de extorsiones y problemas, hasta el 15 de septiembre, cuando trasladan a Sebastián a Villa Hermosa.

 

Un refugio en la oscuridad

Mientras esperaba en la ‘jaula’ a que le asignaran patio a él y otros cuantos presos, un dragoneante del INPEC reconoce a Sebastián Ángel por ser quien vendía accesorios y pasteles a varios miembros del mismo INPEC. Identificándolo, el dragoneante lo hace llamar:

-Vos sos de los buenos. Si necesitás algo que esté dentro de mis posibilidades, decime. -Le aconsejó el dragoneante a Sebastián. También le hizo una advertencia respecto a los patios, aconsejándole uno que no era muy caro y en el que la convivencia todavía era evidente.

Ingresando, Sebastián trataba de pensar que su madre no estaría pasando por nada de eso, pero una frase que ella misma adoptó a lo largo de la captura y recaptura continuaba dándole fuerzas: “Esto es una gran prueba”, repetía constantemente Claudia. Tras esa pequeña frase, Sebastián reflexionó entonces, que aquella era una ‘gran experiencia’, que tenían que pasar para aprender mucho de la vida y buscar mejorar como seres humanos.

 

Encontrando lo desconocido

El contacto entre ellos se resumía en llamadas semanales, cartas personales, transcripciones de fragmentos de los libros con los que acompañaban sus días y palabras de apoyo con cada oportunidad que tenían de interactuar.

Cada uno comenzó a adoptar un estilo de vida particular dentro de su respectivo centro carcelario: Claudia encontró concentración y desahogo en las oraciones, el estudio, retomando clases escolares de primaria y haciendo manillas para ella y las demás presas. Pero este no es el pan de cada día.

Cuando Claudia llegó a COJAM, aprendió que nadie la saludaría y que, a cambio de amabilidad recibiría insultos y madrazos en todo momento. Con los días se encontró con personajes particulares: en uno de los intercambios verbales, se enteró de que convivía con mujer que había descuartizado a su marido e hizo empanadas de carne con sus restos.

 

Reaprendiendo a vivir

Las condiciones comenzaron a formarla y endurecerla respecto a lo que nadie está preparado para vivir: comer con la mano, dormir en el piso, cumplir un horario estricto y seguir una disciplina muy pronunciada. Para ella, ese es el momento en que se aprende a valorar más a la familia, a los amigos y cada bocado que se da en la casa o en la calle, pues allí dentro, las tres comidas son crudas y malas y un grano de arroz es suficiente motivo como para comenzar una riña.

Luego, fueron las labores de Sebastián en Villa Hermosa lo que comenzaron a alimentar la entereza de Claudia: su hijo comenzó a hacer parte de ‘Educativas’, un lugar externo fuera de los patios, siendo monitor de Breyner, uno de los tres líderes del patio de ‘Misión Carácter’.

Sebastián asumió una rutina semanal, de lunes a viernes, ayudando en la sala de sistemas y a editar contenido para el canal interno de televisión y producir contenido para el programa de radio. Cuando Breyner se fue de remisión para otra cárcel, Sebastián quedó a cargo junto con Fernando, quien fue ingeniero de sonido de Willy Colón y otros artistas internacionales.

Además, asumió los grados 6° y 7°, donde enseñaba a los internos que no habían terminado el bachiller y tenían la posibilidad de titularse con el Colegio Santiago de Cali.

 

Luz en medio de la oscuridad

La lectura se volvió una costumbre que no había adoptado antes de ser internado: ‘El propósito de Dios’, ‘El poder del subconsciente’, ‘Un camino para la paz’. La literatura con matices de autoayuda y espiritualidad lo ayudan a mantenerse tranquilo, de tal forma que su filosofía se comenzó a volver famosa dentro de la cárcel: adoptó el apodo de ‘el amañado’.

Sus compañeros cuentan que llegó mucho más flaco de lo que está, una condición bastante anormal para los internos, quienes suelen adelgazar conforme pasa el tiempo. Muchos se acercan a conversar con él, a preguntarle sobre su historia y él articula su narración con frases y elementos positivos, con tranquilidad y motivación; de ahí el sobrenombre por el que lo reconocen, además de ‘Brownie’.

Esa motivación iba dirigida a todo el que hablara con él, incluyendo a Claudia, su madre.

Sebastián y Claudia agradecen a su dios la tranquilidad y felicidad que logran concentrar en medio del capítulo que viven. Ella piensa que él ha tomado todo de una forma tan linda que le ha sido de mucha ayuda para continuar; él vive tranquilo al pensar que su madre interioriza sus palabras de calma.

 

Tres minutos de complicidad

El 1 de noviembre de 2017, fue la última vez que vio a su hijo. Esperando atender la audiencia a la que fueron citados tiempo después de la recaptura, Claudia pidió permiso para ir al baño y atravesó el pasillo de las jaulas.

Sebastián estaba acostado en su celda cuando la vio, su emoción desbordó su control y sus ojos se llenaron de lágrimas, viendo a su madre ‘tan bonita, tan arreglada’. Pudieron verse y tocarse entre los barrotes de la jaula, hasta que Claudia regresó a su celda y le envió su desayuno a su hijo: un trozo de pan con chocolate y mandarina.

Cuando llegó el momento, ambos fueron llamados a atender la audiencia y se encontraron en el ascensor: el abrazo fue intenso y muy emocional, sus tres minutos de complicidad en medio de la tormenta.

Una vez terminado el procedimiento, Sebastián y Claudia aceptaron preacuerdos de ocho años, de una condena prescrita con 17 años.

La historia nos ha enseñado que personas inocentes han pagado condenas atroces por confusiones, malentendidos o intereses personales. Los medios apuntan a cubrir con inmediatez las historias que se quedan a medio camino gracias a su brevedad, rotundamente incompletas. La historia de Sebastián y Claudia continúa por unos siete años más, pronosticados por la ley colombiana, aunque no aparentan ser los presos que los colombianos imaginamos tener en las cárceles.

Al final, todos necesitamos alguien que nos cubra, a veces un aplauso, a veces un juez… Todos necesitamos luz en la penumbra y uno o dos villanos honrados en quien creer.

 

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