El precio de la belleza: En los tacones de un peluche

El precio de la belleza: En los tacones de un peluche

el precio de la belleza

Los feos tenemos suerte (¡y somos más!). No debemos reinventarnos constantemente. El físico simplemente pasa a un segundo plano en nuestra vida y nos enfocamos en otros aspectos de ella. Mejor dicho, ser feo hasta nos ahorra energía.

En cambio, los bonitos tienen que serlo siempre. Deben combinarse armoniosamente con el entorno, con su outfit, con la moda ¡casi deben vivir para eso! Como un premio que no pidieron. Las personas atractivas desarrollan un compromiso social que les prohíbe desmejorar. Nosotros, los poco agraciados, simple y felizmente desentonamos.

Es que no debe ser fácil. De feo, cualquier mejora que uno tiene es “belleza” (a escala); pero una mamacita o un papacito que termina calvo y gordo es un problema, una catástrofe, una gran derrota a su persona ¡como si no hubiera cumplido su deber!

Eso es lo malo cuando los demás esperan algo de uno. Esa fascinación por la gente atractiva también incluye expectativa y cada vez que esa persona sexy se deja ver; ya sea en 3D (en persona) o a través de sus asediadas redes sociales, sus admiradores admiran, pero al mismo tiempo evalúan que todo esté bien y que cada “cosa” siga en su lugar.

¿Quién sabe? De pronto una desmejora hasta les aliviaría. Podrían finalmente humanizar al pilar de sus sueños más románticos y apasionados o por el contrario, al centro aquella envidia voraz que los carcome.

Tal vez ser bello no es fácil. Es mejor ser bonito para la mamá, que mientras más feo lo ve a uno, más instinto maternal le nace y que sigue guardándonos postre extra en las reuniones familiares, así estemos atravesando una difícil pubertad porque su amor es simplemente incondicional.

Además imagínense uno todo el día rodeado de gente con hambre, incapaz de actuar desinteresadamente o de darnos un consejo amoroso objetivo. Qué tal uno no poder emborracharse tranquilamente con los amigos por miedo a ir a amanecer con alguno de esos pelmazos oportunistas. Mi gente fea, les aseguro que eso tampoco es vida.

¿Qué terminan teniendo los bonitos entonces? Soledad que mengua eventualmente, con algunos amigos de verdad, nunca con esos acomplejados sociales que sólo se toman fotos con ellos para subirse sus propios “likes”.

En cambio usted y yo, que tenemos una genética caprichosa o como dice mi mamá “belleza exótica”, agradezcamos porque tal vez así nos hemos podido rodear de personas más valiosas y estamos seguros de que el que nos quiere, es porque en verdad encontró algo lindo en nosotros.

La fealdad, queridos amigos, es un árbol de tronco rugoso, pero de frutos dulces. Cuando un feo sonríe, es un gesto sincero. Ha encontrado felicidad más allá de lo físico; está en paz. Si un modelo lo hace, sólo vende su apariencia. Hemos nacido feos para aprender, señores. No fue un acto de crueldad por parte del Creador.

Además, ser un “peluche” pervierte a la sociedad, ¡incita al pecado! Si somos normalitos, en cambio, podemos centrar nuestra belleza en el estilo, en la autenticidad, en encontrar recursos un poco más elaborados para enamorar, como la parla, fiel compañera de la “feura”.

Los “no-peluches” somos libres, estamos fuera de los parámetros de la sociedad. Podemos experimentar libremente con nuestra imagen hasta que, tal vez algún día, nos convertimos en el feo más bello para algún o alguna bella “gurrera”.

 

Escrito por Lorena Arana   @AranitaArepita

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