Extranjeros, quieren más a Colombia que nosotros mismos

Extranjeros, quieren más a Colombia que nosotros mismos

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Esta no es una idea descabellada ni poco patriota, es la realidad. No sé si afortunada o tristemente he tenido qué ver cómo los extranjeros radicados en Colombia, cuidan y aprecian más a nuestro país de lo que lo hacemos nosotros.

Hace unos cuantos días iba en el MIO —en uno de esos verdecitos—; en los puestos frente a mí estaban sentadas una madre y su hija, la niña tenía un papel en la mano el cual leyó y tiró por la ventana, la madre la miró y lo único que le dijo fue “Mami, abra más la ventana que está muy fuerte la calor”. Me quedé perplejo mirando por la espalda a los dos personajes que iban sentados. No podía creer cómo desde niños empiezan a ser incultos, cochinos y los padres lo único que hacen es mirar y callar. Decidí no decir nada, evitar inconvenientes —con la madre, obviamente, no me voy a meter con una niña— y seguir escuchando música mientras mi mente divagaba al mirar las calurosas y sucias calles de la ciudad.

El camino era largo y los trancones no ayudaban a apresurar el trayecto, “la calor” de la que habló la señora incrementó y se veía cómo la gente se soplaba entre la camisa y se ventilaba con lo primero que tenía a la mano. Fue ahí cuando la misma señora sacó de su bolso dos toallitas húmedas, una para ella y otra para su hija; ambas se secaron el sudor y en ese instante la culicagadita de nuevo saca la mano para tirar la toallita a la calle.

Antes de que la soltara le dije “Oye, no, no tires basura a la calle” y la mamá sólo mira de reojo y le dice que meta la mano, acto seguido, su hija bota la toallita y mi paciencia se colma —es algo que de hecho sucede con gran facilidad—. No pensaba regañar a hijo ajeno, pero sí a su madre, a quien le dije que fuera cívica, que su incultura se reflejaba en su hija a quien era obvio tenía muy mal educada; ella me miró como un culo y murmuró algo. La calle siguió sucia, sí, pero ustedes no saben lo reconfortante que puede ser decirle a alguien que no sea cochino.

El sector en el que trabajo y en el que vivo es concurrido por bastantes extranjeros, por lo que no es difícil que me tope con ellos, uno los reconoce con facilidad, ya saben el típico “ese tiene cara de ser gringo”. Incluso hoy cuando me volví a montar al maravilloso MIO me encontré con dos, eran una pareja que estaba a la espera de abordar el mismo bus que yo iba a tomar. Cuando el Expreso llegó, nos acercamos a la puerta y nos paramos a un lado, distanciados de la línea amarilla para que los pasajeros se bajaran y luego montarnos —tal como dicen dentro del bus, como aparece en los carteles, ¡COMO SE ENTIENDE POR LÓGICA HUMANA!— Pero mientras los extranjeros y yo procurábamos respetar y ceder el paso, las mulas colombianas se metían a los trancazos, ocasionando un choque de personas que concluyó en una pelea.

Cuando llegué a mi destino e iba a bajarme, sucedió lo mismo, tres individuos se tiraron contra a mí, por lo que mi reacción fue decirle a la más “gruesita” y que fue quien me chocó: “Primero nos bajamos”. Ella muy altanera y en tono golpeado me respondió “¡Pues bájese!” y como yo poco o nada soy sutil ante la grosería repliqué con “Eso estoy tratando de hacer, morsa”.

Llegando al trabajo tuve la oportunidad de ver a otro “gringo” que se bajó de su carro para entrar a un supermercado de cadena, pero antes se inclinó para recoger una bolsa de Doritos que alguien había tirado a la calle y botarla en la caneca.

Recuerdo que estando en San Andrés, al caminar por el mar, vi una bolsa de un conocido hipermercado caleño —el cuál no mencionaré— flotando en el mar, la tomé para ir a botarla mientras pensaba “Ahí está pintado el caleño, destacándose por su incultura”. Al llegar a la orilla vi cómo un extranjero también recogió unas latas de cerveza tiradas en la arena.
En esas mismas vacaciones, camino a Jhonny Cay, estábamos haciendo la fila para tomar la lancha, frente a mí había una familia argentina, muy adecuadamente a la espera de abordar, cuando un grupo de “compatriotas” se adelantó la cola; una de las chicas dijo “Ché, esperáte que todos nos vamos a montar, tené un poco de consideración” mientras yo me sonrojaba —no se me notaba porque estaba insolado— porque sabía que al llegar a su país no hablaría de esa gente en particular sino de lo incultos que son los colombianos.

Una vez en tan maravillosa isla nos hicimos amigos de dos transexuales, Juana y Sofía, dos mujeres hermosas, oriundas de Cali —hermanas, por cierto—, que habían migrado a Europa pero que se encontraban de vacaciones en San Andrés. Hablando con Juana me contó lo diferente que era la vida en Italia (país en el que residía) en donde era actriz y no sufría ningún tipo de discriminación o insulto, en donde no estaba limitada a desempeñarse como ‘puta’ o peluquera. No tengo nada en contra de las prostitutas o los estilistas, los respeto, pero es un cliché bastante limitante para una persona que no desea desempeñarse en ninguno de los dos empleos. Fue tan sólo tocar el suelo colombiano para que los hermanos bogotanos las insultaran, se rieran y se quedaran mirándolas como si fueran bichos raros. Tanto así que estando en la isla, tuve la oportunidad de ver cómo un francés y un portugués coqueteaban con ellas, pero después me contó cómo un costeño le tiró una piedra a una amiga, también transexual, que las había acompañado la noche anterior.

Hay bastantes casos como estos que puedo relatar, pero considero que estos dejan más que claro mi punto. Todos son personas provenientes del primer mundo, menos los argentinos, que también vienen de un país de tercer mundo —pero aun así es más civilizado y culto que Colombia—.
Acá no estamos hablando de falta de patriotismo de mi parte, es más, no sé cómo puede alguien considerar patriótico aplaudir la incultura y atacar la crítica a la falta de civismo, acá estamos hablando de que bastante nos pavoneamos de amar a nuestro país, de gritar porque ganamos Miss Universo, de llorar cuando llegamos lejos en el Mundial del 2014, de ser dizque el país más feliz del mundo, pero tanto que decimos quererlo y lo estamos jodiendo con la poca ética que tenemos —o que tienen, porque yo SÍ se cuidar a mi tierra—.

Estamos tratando a éste planeta como si tuviéramos otro en donde vivir, contaminando las calles, ensuciando las aguas, desperdiciando energía, agrediendo a nuestros “hermanos” y luego, cuando ya bastante la hemos cagado, salimos a culpar a Santos o a  Petro por no tapar con cuchara el hueco que nosotros cavamos con pala.

Escrito por Yamil Chuaire  @JameelSchuaire

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