La guerra que nos habita

La guerra que nos habita

El viernes pasado a las 8:30 de la noche salí a coger un taxi al frente de mi casa. A decir por sus maletines, delante mío venía un grupo de chicos que parecían estudiantes. Nada raro, pensé, hasta que se abalanzaron sobre mí; me empujaron, me gritaron que les diera todo, que no los obligara a hacerme daño. En 42 segundos, me arrebataron mi iPhone, mi billetera con todos los papeles y tarjetas, y hasta me liberaron de un reloj feo que me había regalado una novia ingrata. La buena noticia: no me apuñalaron, como al parecer está de moda. La mala: que, a pesar de los titulares optimistas, Colombia sigue siendo Colombia.

Por medio de esta columna no pretendo reducir la discusión al siempre superficial (pero no menos vital) tema de la seguridad. No creo que se trate, como algunos ex presidentes creen, de poner más uniformados en las esquinas de los barrios. Mi intención es aún más pretenciosa: quisiera invitar a los pocos, poquísimos colombianos que tenemos el privilegio de acceder a tribunas como esta, a imaginar la posibilidad de no necesitarlos.

Y sí, hablo de la paz.

 Después del incidente, tan común por estos días, pensé en mis atracadores, cuatro chicos que difícilmente superan los 17 años, y las razones que los llevan a cometer delitos como este. Pensé en las oportunidades que me ha brindado la vida, en lo que soy, en lo que hago y en lo que tengo; frente a las posibilidades que de repente les ha ofrecido a ellos un país como este, que tristemente ha condenado a la mayoría de sus hijos al abandono, y en lo que ese abandono tiene que ver con el hecho de que, como ellos, muchos hayan elegido el camino del delito en esta lucha diaria por el pan. No es justificable, claro. Pero tristemente, como diría ChocQuibTown: “eso es lo que hay”.

Dostoievsky nos dejó una sentencia en su Crimen y Castigo: “el delito es una expresión del malfuncionamiento del sistema social”. Y aunque creo que en este punto sobra hacer un inventario de los muchos fantasmas que nos atormentan como pueblo, sí creo que su semilla fundamental es esa: una profunda fractura social. Y no hablo solo del abismo que me separa de mis atracadores, sino a nuestra incapacidad para pensarnos, todos, como “sistema social”. Es decir, como colombianos. Como ciudadanos unidos por una misma historia y sobre todo, por un mismo destino. Por una trama similar de duelos y ante todo, de desafíos. Por una bandera de verdad.

En tiempos donde todos sueñan con los llamados “Diálogos de Paz”, pensar que dicho pacto social es un tema que compete solo a unos barbados y a unos encorbatados, no solo es ingenuo sino irresponsable, pues nos libera del compromiso histórico que tenemos como ciudadanos. Como sociedad. Porque ser colombiano, ante todo, debe ser una práctica. Una práctica que surge del hecho de entender dónde vivimos y por qué nos matamos.  Una urgencia que, libre de las necias fronteras que nos hemos impuesto y que nos, nos permitirá encontrarnos en una agenda común. En una nueva moral.

Ser colombiano también es entender que nuestra guerra nos habita a todos, y que, por lo tanto, todos debemos desarmarnos. Ese es solo el primer paso para sanar.

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