Una lección de historia

Una lección de historia

julio cesarEstoy repasando Patadas de ahorcado, la entrevista que el caleño Juan Carlos Iragorri le hizo a Antonio Caballero, y he vuelto a divertirme leyendo que Gandhi fue un hombre admirable pero un político fracasado porque su accionar político produjo una matazón sin límites entre la India y Pakistán, y la división intestina entre hindúes y musulmanes con centenares de miles de muertos. Que Curchill es un personaje central del Siglo XX, claro, pero más por su terquedad que por su inteligencia. “Idolatraba a Mussolini”, recuerda.

Que al principio Pinochet era un hombrecito apocado al que su señora tenía que llevar a empujones.

Que Rafael Reyes brilla como un sol entre los expresidentes de Colombia, “pero no porque sea un sol en sí mismo sino porque está rodeado de sombras”. Que Laureano Gómez y Ospina Pérez son los manantiales de donde brota toda la sangre que anega el país.

Que el primer gobierno de López Pumarejo fue bueno y casi inscribió a Colombia en la onda industrial y la modernidad, pero que en el segundo tuvo que dedicarse a tapar las travesuras financieras de su hijo Alfonso López Michelsen –precoz delincuente de cuello blanco– y terminó renunciando a la presidencia.

Que a Guillermo León Valencia y sus bombardeos a Marquetalia le debemos la multiplicación de los 50 pioneros de las FARC en los miles de hombres y decenas de frentes de hoy. Que la primera vez que entrevistó a Manuel Marulanda hace 15 años le pareció un campesino muy lúcido, paciente y serio, mucho más serio que sus enemigos. En la segunda entrevista, realizada el año pasado, Tirofijo se había convertido, además, en un criminal político.

Que Gaitán era un agitador político, y su ideología “una mezcla de izquierda, derecha, fascismo mussoliniano, socialismo de Jaurés, demagogia, oportunismo e improvisación”. Que Carlos Lleras fue un buen administrador pero no dejó ninguna huella porque su programa bandera, la Reforma Agraria, nunca arrancó.

Que el ELN es la única guerrilla de la historia que ha matado más hombres de sus propias filas que enemigos. Que Virgilio Barco ordenó –o alcahueteó– el genocidio de los 3.000 líderes de la Unión Patriótica. Que cuando lo mataron, Galán era un hombre inofensivo que se acababa de abrazar con Turbay, y que de no haber muerto a tiros habría sido un presidente inocuo.

Que la guerrilla, los ‘paras’ y el narcotráfico tienen una deuda enorme con Gaviria porque su Apertura arruinó el campo y convirtió los cultivos ilícitos en la única alternativa rentable para los campesinos. Que los 300 mil empleos que pueda generar el ATPA no tapan el hueco de los 3 millones de ‘parados’ que Estados Unidos le impuso a Colombia a través de Gaviria y sus cipayos.

Que el 95% de las utilidades anuales del narcotráfico (unos U$ 500 mil millones) va a parar a bancos de Estados Unidos y que le parece rarísimo que no se conozca ningún capo gringo de la droga.

Además de política, Patadas de ahorcado contiene apasionadas reflexiones sobre el periodismo, las letras, la pintura, la tauromaquia, los vicios y el amor. Es un libro de historia casi tan bueno como los de Germán Arciniegas, y un volumen imprescindible para despejar un poco esa enrevesada ecuación llamada Colombia.

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