La fiesta y la alegría en medio de la tragedia

Por: Andrey López

En Cali, la última semana del año se vuelve fiesta. Empleados y empleadores se dan la mano para abrir paso a un horario de feria donde prima la familia, el mecato y la pachanga. Pachanga, ese término que se ha adherido a la ciudad y que cada visitante tiene referenciado sin importar la época del año, en una ciudad de fiesta permanente que solo se ve alterada por su pico más alto, cuando llega la feria que da lugar a su conocido segundo himno: Cali pachanguero.

También te puede interesar: Esta es la programación completa de la Feria de Cali 2023

En esa semana la gente no quiere trabajar ni pensar en nada más, incluso aquellos que no son rumberos anhelan el relajo que transmite la ciudad que espera con paciencia a los cientos (sino miles) de turistas que vienen desde dentro y fuera del país a regocijarse. La carga del tráfico se compensa entre los que salen de la ciudad y los que entran, manteniendo un aparente eterno colapso en las vías; sobre todo en la calle de la feria donde se arman gigantescas graderías de color metal, donde los más aficionados pagan para poder observar los desfiles del salsódromo (anteriormente la cabalgata), Cali viejo y el desfile de autos clásicos.

Como casi todo, la feria también ha evolucionado, aunque su esencia perdura. Desde el lugar en el que se realiza, acceso, desfiles, eventos y artistas. Aunque lo más importante a destacar es un lamentable hecho que dio lugar a este evento tan importante para la moral y cultura de la ciudad: su origen.

Pocos saben que la Feria de Cali fue una propuesta de evento para reconciliar a la ciudad y darle un aire distinto luego del catastrófico atentado que acabó con la vida de miles de personas el 7 de agosto de 1956. La ciudad estaba inmersa en la tristeza y la destrucción a raíz de una explosión de la cual hoy en día sigue sin confirmarse su origen o intención. Fue ese mismo año cuando se propuso realizar una feria que uniría a la ciudad y la ayudaría a superar esta tragedia.

Este es uno de los casos donde el dolor da paso a la alegría y unión de las personas, algo que caracteriza a la mayoría de los colombianos, como dicen las abuelas: “No echarse a morir”.

Pues bien, luego de esto se inició una tradición que difícilmente se va a acabar y que este año ostenta su título número 66 donde se pueden ver a miles de artistas demostrando al mundo la faceta más pachanguera de una ciudad llena de trompetas y maracas que ha bailado cumbia, tropical, vallenato, folclore y, por supuesto, salsa. Rodeada siempre de grandes artistas internacionales, sin dejar de destacar la gran capacidad de nuestros artistas nacionales, que nos han brindado muchos éxitos y canciones memorables para poner a bailar a todos en la ciudad.

La Feria de Cali nació como un bálsamo para sanar las heridas de una tragedia, y hoy, en su 66º versión, sigue siendo un testimonio vivo de cómo la alegría puede surgir incluso de los momentos más oscuros. Cuando Cali se viste de colores, la pachanga se convierte en el himno de unidad y la fiesta en un acto de resistencia ante la adversidad.

¡Que viva Cali!

También te puede interesar: Carta de una ciudad en llamas