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#Columna – Cuando el diálogo no existe, cuando nuestras raíces, contextos y pobreza lo hacen posible, la violencia y la muerte se convierten en normalidad

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“Yo iba conduciendo el bus en el que trabajaba, en ese momento un sujeto se llevó un pare y me atravesó el carro, tuvimos una discusión y el tipo se subió al vehículo con un revolver, yo le dije que si era muy ‘macho’ que disparara, pero me pegó una cachetada y me escupió en la cara, le dije que los hombres no se humillaban, que los hombres se mataban; a las tres horas, saque el ´fierro´ de la casa y le metí un tiro en la nariz, pero no se murió. Pague un ‘canazo’ de 10 años por tentativa de homicidio y aquí estoy…”

“Estuve infiltrado como habitante de la calle del cartucho y también en el Bronx. Observé imágenes que no borraré de mi mente: Los adictos consumían el llamado Suzuki (combinación de marihuana, alcaloide y basuco) sentados sobre heces fecales. Las universitarias de los mejores barrios de Bogotá tenían relaciones con los jibaros con el fin de conseguir drogas. Los niños de 7 años consumían pegante y a la gente la picaban a plena hora del día. Las casas las dibujábamos y a los tres días hacíamos los operativos; matábamos lo que se nos atravesaba: niños, ancianos o trabajadoras sexuales, nos tocaba disparar porque en esos sitios te disparaban desde cualquier lado y cuando se hacia el levantamiento de los cadáveres nos dábamos cuenta de que eran personas muy jóvenes, algunos, menores de 15 años. Los bandidos no son inteligentes, en el Bronx había un cocodrilo, pero solo arrancaba la carne y no el hueso, con los huesos se podían tomar pruebas, y así agarrarlos o muchas veces, ajusticiarlos”.

Dos testimonios diferentes, dos personas que no se conocen, que llevaban a cabo labores distintas. Pero ambos han dado su beneplácito para plasmar sus anécdotas en este escrito. El primero creció en un barrio humilde de la ciudad de la eterna primavera, en este, la mayoría de los habitantes se sustentaban con el sicariato, los hurtos, la prostitución o la distribución de las drogas. El segundo, fue escolta general, de nada más y nada menos que del duro de los años 80´s del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), Maza Márquez y del ‘mejor policía del mundo’, Oscar Naranjo y líder de grupos de limpieza social.

Las victimas y el victimario, el que la hace y el que la recibe, el que llora y a el que no le deja dormir el Karma y el que no cuenta porque ya esta resignado y la resignación le han dejado daños físicos, morales y psicológicos. Esa es la esencia y las grises coincidencias del país.

Se mata por trabajo, por ofensas, por orgullo, por muestra de virilidad, por escases de recursos económicos y porque no hay trabajo y educación; en esto último las ambivalencias concluirán que no todos los pobres, no todos lo que estudian o no tienen empleo, justifican la violencia como medio de ingresos, y ante esto, es imposible explicar las causas de la misma sin conocer el entorno y los lastres de los participantes.

Podemos decir que la violencia viene desde la época de nuestra independencia, de la guerra de los mil días, de la guerra bipartidista entre conservadores y liberales, de las discusiones familiares, los acosos laborales, de acciones misóginas, xenofóbicas o homofóbicos. La realidad es que en Colombia la única explicación que encontramos del porque ésta abunda es porque el estado es el gran culpable, pero ésta tiene tantas tipologías que a veces no encontramos explicaciones que terminen en soluciones.

“En el área de ginecología he realizado 4 abortos por días, les introduzco dos dedos al útero y a la misma vez las dos pastillas. La mayoría son mujeres de origen venezolano que no tienen como responder por sus hijos”.