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#Columna – Domador de leones  

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Son las 6 de la tarde y estoy en el centro de la ciudad.

Un cielo repleto de nubes negras amenaza con lluvia.  El viento sopla fuerte. Las condiciones están dadas para un mini diluvio universal.

Unas gotas gordas comienzan a manchar el pavimento.

“¿Y ahora qué?”.  Me resguardo en un paradero y por una extraña alineación de planetas, un taxi desocupado se aproxima.  “Fijo debe estar pedido”, pienso, pero igual le saco la mano.

El carro frena y me subo en él.  Una vez adentro, sin ganas de conversar, doy la dirección, evito contacto visual con el conductor y me dedico a una actividad que domino a la perfección: echar globos mirando por la ventana.

El conductor toma una vía principal y comienza a hablar. Abstraído en mis pensamientos, no caigo en cuenta de cuál fue el comentario que hace para romper el hielo; igual sonrío de pura cortesía, pero como llevo el tapabocas puesto, mi gesto amigable no sirve de nada.  “Me tocó un hablador”.  

Apenas termino de pensar eso me pregunta: “¿Usted a qué se dedica?, disculpe le hago la pregunta”.  Buena táctica esa de lanzar la pregunta y luego pedir disculpas. 

Como tengo pereza de hablar, pero el hombre espera una respuesta, le contesto: “Soy domador de leones”.

“¡Je!, ¿en serio a qué se dedica?”

 “¿Por qué le cuesta creerlo?”, le pregunto, mientras le imprimo a mis ojos la mirada del mejor domador de leones del mundo, una combinación de rabia, ansiedad y seriedad al mismo tiempo. ¿De qué otra forma se puede mirar un león a los ojos?

El taxista hace como si no hubiera escuchado nada y comienza a hablar sobre él.  Me cuenta que hasta inicios de la pandemia había sido director ejecutivo de no sé qué firma, pero decidió renunciar porque le cambiaron el tipo de contrato.

Me mira por el retrovisor y le dijo “ahh ya”, asintiendo con la cabeza.  Luego me dice que tiene más de 20 años de experiencia dirigiendo equipos en cargos de alta gerencia, además de amplia experiencia en marketing, área en la que trabajó en las empresas X, Y y Z.

“Una vez”, dice con entusiasmo, “en la última que trabajé, trajeron a un alemán que nos dijo a mí y a mi equipo: “mañana les voy a enseñar cómo se trabaja en mi país. 

Al otro día el tipo llegó a las 10 de la mañana con un vaso gigante de tinto en una de sus manos, y no se levanto de su puesto hasta las 4 de la tarde.

Cuando terminó la jornada, el alemán nos preguntó cuántas horas habíamos trabajado de verdad, como él, que no abandonó el puesto ni un segundo.”

Minutos después de su historia con el alemán llegamos a mi destino. Le pago, me despido y el hombre me dice: “Muchas gracias por la conversa”.  Le sonrío, pero de nuevo el tapabocas oculta mi gesto. 

Abro la puerta y apenas pongo un pie en el pavimento, me acomodo el látigo que cuelga del cinturón.