Home Columnas #Columna – El plomero artista

#Columna – El plomero artista

298
0

Una noche a finales de abril de 1917, el artista Marcel Duchamp cenó con unos amigos. Luego fue a una sala de ventas y compró un urinario. Ya en su estudio, le estampó la firma R. Mutt en la parte inferior. Se tomó ese trabajo, para enviarlo al comité organizador de la primera muestra de la Sociedad de Artistas Independientes, del cual hacia parte.

Ese acto desafiante, no era más que una broma para burlarse de sus compañeros artistas, pero algunos de los organizadores de la muestra consideraron que Mutt había sobrepasado la raya de lo artísticamente correcto. Unos argumentaron que era inmoral y vulgar. ¿Intenta Mutt comparar el arte moderno con un urinario?, se preguntaban, mientras que otros decían que era un plagio, una simple pieza de plomería.

A “La Fuente”, el título que le dio Duchamp, no se le dio la exhibición que merecía, a pesar de que las reglas del evento indicaban que todo aquel que hubiera pagado 6 dólares, tenía derecho a exhibir la obra que había presentado. En medio de todo, Duchamp consiguió lo que quería, un ataque calculado a las convenciones más básicas de lo que es o, más bien, se considera arte.

“Si quieres romper todas las reglas de la tradición artística”, pensaba Duchamp, “por qué no descartar primero sus valores más fundamentales: ¿belleza y artesanía?”.

Su manera de obrar dio origen a las piezas readymade o objet trouvé (objeto encontrado) y señaló el camino del arte conceptual. Las readymades fueron la manera en que Duchamp respondió a la pregunta: “¿Cómo se pueden hacer obras de arte que no sean de arte?” En cuanto al argumento del plagio, Duchamp dijo: “No tiene importancia si el señor Mutt confeccionó ‘La Fuente’ con sus propias manos o no. Él la escogió. Tomó un objeto cotidiano y lo mostró de tal forma, que su significado útil desapareció bajo un nuevo título y punto de vista. Creó un nuevo pensamiento para ese objeto”.

En ese entonces casi nadie entendía de qué hablaba el artista, pero cincuenta años más tarde los objetos cotidianos se convirtieron en un lugar común para el arte. En 1950, Duchamp autorizó elaborar réplicas de su obra, y cuando murió, en 1968, circulaban más de doce.

 La historia de Duchamp me recuerda un trino que leía alguna vez, y que decía más o menos lo siguiente: “Estás en un museo de arte moderno contemplando una pieza, de repente sientes una punzada en el pecho, un paro cardiaco fulminante, te tiras al piso y comienzas a retorcerte, la gente hace un círculo a tu alrededor y comienzan a aplaudirte; piensan que es un performance”.