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#Columna – Entusiasmo con autismo en el zoolaberinto

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Mientras Camilo Rojas, un niño con autismo, pasa tapándose los oídos con el dedo índice de cada una de sus manos por el mariposario, su madre lo reprende y le dice “Quita tus manos de ahí, no vas a querer que sepan que eres enfermo”, sin embargo, el miedo que le causa sentir aleteos de pequeños insectos volando a su alrededor, le hacen sentirse mal. Quiere salir de allí cuanto antes.

Corre como si fuera un laberinto y sale del lugar. Al estar afuera, detalla un letrero que dice “Mariposario del zoológico de Cali” y lo admira. Lo abraza como si de una persona se tratara y sonríe mientras lo hace. El lugar donde mejor se siente es ese, el zoológico.

Camilo es un chico de 12 años. Viste camibuso azul, jean y unas converse negras con las típicas franjas blancas que diferencian a las “All Stars”.  Su madre, Ana, por el contrario, tiene unos 40 años: Blusa roja, Pantalón de drill beige y unas sandalias. Ambos son como uno… si Camilo corre, ella va detrás de él cuidando de que no vaya a hacer algo que afecte a su físico: que no se golpee.

Visitan al zoológico muy de seguido, pues Ana piensa que a su hijo le sirve como terapia… se concentra obsesivamente con cualquier especie y demuestra fascinación de una forma peculiar. Cuando dan el primer paso a la entrada del zoológico, lo primero que Camilo siempre ve es a la familia de flamencos rosados con sus largas patas y sus picos encorvados. Entra corriendo para hacerse lo más cerca posible… casi que le dan ganas de ser uno más de ellos. Intenta imitarlos levantando una de sus piernas y estirando su cuello. Se pone como loco. Contento, animado.

Cuando siguen su recorrido, ven el acuario. Es fascinante para él ver cómo los peces nadan de un lado para el otro sin cansarse. Sigue con la yema de su índice derecho cada rumbo que coge un pez en su hábitat, pero siempre les termina dando golpeteos, ahuyentándolos. Asustándolos.

Al seguir por el zoológico, Camilo guía a su madre hacia las llamas, y automáticamente les grita un sonido extraño y empieza a masticar. De seguro recuerda el comercial de chicles Adams en el que la llama mastica un chicle… porque la imita como si fuera un espejo. Su madre se hace atrás y se divierte viéndolo. “Eres hermoso, Cami”, le dice con una voz entrecortada, como si fuera a soltar una lágrima de felicidad y de fuerza al decirlo.

Siguen su camino, y esta vez Camilo guía a Ana. Van caminando y se topan con el hábitat de los primates. Es una casa hecha en madera, en la que hay un camino que te conduce en círculos, todo en torno a un centro… allí se encuentra el hábitat natural de los primates. Monos de varias especies conviviendo entre sí. Camilo se hace frente a una ventana que lo separa de los primos históricos y se sienta en el suelo. Se queda viéndolos. Su madre, mientras tanto, está hablando con un informante del zoológico que le explica que el lugar se llama ‘Jazíquima’ y que se inauguró en el 2013. Que comenzó teniendo ocho primates de especie ‘Mono Araña’ a los que rescataron del tráfico animal y que perdieron a sus madres al haber sido matadas por los traficantes que los robaron. Hoy en día viven felices en el zoológico, con su excelente dieta alimenticia y un cuidado permanente por parte de los cuidadores. Termina diciéndole que el ‘Jazíquima’ fue un lugar clave en el Zoológico de Cali para hacerlo uno de los 5 mejores en américa Latina.

A Camilo le encanta observar cómo los monos van de aquí para allá colgados de sus colas tras los cristales. Se pone de pie a la seña de su madre y siguen el recorrido… Camilo les menea la mano como despidiéndose de ellos y les grita algo que de seguro es un “adiós”.

Llegan a una cafetería y Ana pide un sándwich, mientras que a Camilo le da un combo de niños… se alimentan mientras ven a un pavo real merodeando por el lugar. Camilo se siente raro y se esconde sus papitas fritas cuando ve que el pavo real se le acerca. Tanto lo hace que ésta hermosa especie se coloca a su lado y le vela la comida, a lo que Camilo se para y empieza a correr. Ana, de nuevo, corre tras él para intentar que se tranquilice… y a lo que lo alcanza, se dan la vuelta y se dan cuenta de que el Pavo está degustando un delicioso sándwich dejado por Ana. Ambos se ríen de ver cómo se lo come y se abrazan.

Estando allí, Camilo se siente mal. No tiene oportunidad de escuchar rugir al león, porque tanto él, como la leona, estaban dormidos aún… nada que pudieran hacer. Ana decide seguir en busca de otros felinos, y se acercan a los tigres y los ven con asombro. Camilo señala con su dedito aun tigre blanco y se pone a brincar de la emoción… mientras que la madre, a su vez, le señala otro que es de color café, casi que anaranjado. Camilo se entusiasma y se pone a detallarlos uno a uno. Lo que más le llama la atención son las rayas negras que tienen ambos tigres, y repite el sonido que hizo cuando vio a las cebras… su madre se ríe y le dice “jajaja, no son cebras, mi amor… son dos gatos gigantes porque se comen toda la sopita”, y lo besa en la frente cuando le dice eso… Camilo, entusiasmado, se queda un rato observándolos.

Ana se distrae un poco, y luego gira y va a ver a su hijo… pero no lo ve. Mira para todos los lados y no lo encuentra. Va a la entrada para ver si ahí está, pero no. Tampoco lo han visto salir… Le da la vuelta a “AUSTRALIA” y no lo ve… se preocupa. Cuando va a la salida de nuevo, ve que hay una forma de gusano gigante en el suelo, con un hueco entre la mitad como para que se metan los animales que están libres en esa parte del zoológico, para cubrirse del sol. Algo le dice que Camilo está ahí, quizás es porque vio que Cami no se metió bien y dejó un zapato por fuera de ese túnel con forma de gusano. Así que se adentra por el otro extremo y lo encuentra. Se ríen y lo abraza. Camilo está demasiado feliz en el zoológico. Van a salir del desierto y van a tomar agua… Quizás, estar ahí, les hizo parecer que hacía más calor que afuera… o tal vez es porque eso es lo que quieren que sientan las personas y por eso, a la salida, hay un dispensador de agua fría… Beben del agua y Ana le explica que por eso debe de cuidar el agua y no malgastarla.

Es más de medio día, y Ana y Camilo van a salir del lugar. Un lugar mágico con sonidos naturales, vistas espectaculares y olores que los llevan al hábitat natural de las 233 especies que tiene el zoológico de Santiago de Cali. Un lugar perfecto para que Camilo y su madre sigan visitando a menudo, porque a Camilo, en realidad, cada vez le gusta más esa parte de su ciudad, porque el lugar donde mejor se siente y en el que más se divierte es ese… el zoológico.