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#Columna – Glasgow

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Un reciente informe de la Casa Blanca y el Pentágono sitúa el cambio climático como una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos y principal causante de una escalonada desestabilidad mundial. Por lo tanto, es necesario pactar un nuevo acuerdo climático que no prolongue los objetivos de emisión de gases de efecto invernadero, ni transición a energías limpias, como tampoco la dependencia de combustibles fósiles. Lo que salga de la COP26 deben ser acciones inmediatas que prolongue la catástrofe ambiental y no vías alternas para la sostenibilidad.

Colombia, solo aporta el 0,37% de GEI del mundo, siendo un emisor irrelevante en una comparativa a las economías desarrolladas. En cambio, es un país potencialmente afectado por las variaciones climáticas, por lo tanto, la vocería en Glasgow debe llevar la impronta de millones de personas que en los próximos años deberán migrar hacia el interior del país, a causa del crecimiento desmedido del mar, según el informe de la Casa Blanca advierte que, para 2050, es probable que decenas de millones de personas sean desplazadas por el cambio climático, incluyendo hasta 143 millones de personas en el sur de Asia, el África subsahariana y América Latina.

Lo anterior, debería ir encendiendo las alarmas en la agenda pública y política, debido a los indicadores de pobreza multidimensional que posee la costa Caribe y Pacífica de Colombia, según el ultimo informe del DANE, en la región Pacífica se evidencia un incremento de 4,6%, mientras en la región central hay un incremento menor, 2,7%. Datos que hacen visibles la desigualdad y modos de atender la descentralización institucional para las regiones, pero que también sentencia un sector de la población frente a la crisis climática.

Entender y atender los riesgos climáticos disminuiría las inundaciones, incendios y tormentas mortales, así como el colapso de ecosistemas. Colombia necesita el apoyo de la comunidad internacional para hacer frente a los desafíos costeros que colocarían en jaque la sociedad civil. Por ende, el acompañamiento no debe quedarse en inversiones económicas con leves pintas de indemnización, sino en trascender a un trabajo directo con las comunidades, fomentando la educación, la salud, vías de acceso, agua potable y por supuesto, bienestar habitacional, lo que implica comprender el arraigo ancestral a los territorios. Añadiendo los estados culturales y demografía étnica de cada una de las comunidades.

En la Cumbre del Clima 2021, Colombia debe comprometerse una vez más a reducir las tasas de desforestación, a salvaguardar la vida de líderes sociales y activistas ambientales. De esta misma forma, a trabajar con organizaciones internacionales que den garantía de una ejecución plena de lo acordado, con el fin de canalizar los recursos económicos en el apoyo a las comunidades ya afectadas.

Por último, la transformación rural del país debe comprender las variaciones climáticas y posibles efectos irreversibles, como también intervenir urgentemente en las regiones con mayor exposición. Paralelamente, trabajar en acortar las brechas de desigualdad, las cuales se agudizan cada vez más; situando a Colombia como el segundo país más desigual de América latina según lo reporta el Banco Mundial, dictado que, al menos tres décadas y media tardaría en alcanzar el nivel promedio de desigualdad de los países de la Ocde., sumando los efectos climáticos. Epílogo: esperemos que los resultados de la cumbre de Glasgow sean para el bien de todos los seres vivos. Así no lo parezca es una leve esperanza para millones de personas que sueñan con un consenso geopolítico soportado en la restructuración y resignificación del desarrollo sostenible.