Home Columnas #Columna – Justicia poética

#Columna – Justicia poética

276
0

Por: Nicolás Vanderhuck.

Todo comenzó en la década de los 30’s, con el debut de las radionovelas que, al preguntar a cualquier octogenario, se revuelve de emoción, se presumía la aparición del primer clavo en el ataúd del encuadernado y su contenido, el comienzo de un debate y la posterior “lucha” por la supervivencia del hito cultural que haría posible el nacimiento de un arte, la memoria histórica y la creación de mundos, un recordatorio sobre lo que es, fue y será.

A puertas de cumplir un siglo de tal amenaza de muerte, la tinta, victoriosa sin intención por el momento, se presta firme para, así cómo nació, morir con nosotros disecando la idea de su muerte con caso omiso a las amenazas de un inminente olvido.

Ahora ¿Cómo ha sobrevivido en la generación de lo etéreo y las pantallas retroiluminadas, el segundo impacto en esta historia? Debido a La firmeza y seguridad de que ha representado a todos esos clásicos inmortales tan mitológicos, tan alejados de lo que cualquiera de los que hemos incursionado en las letras, aspira a rozar con las yemas de los dedos, que gracias a su misma labor, ha descrito desde que la humanidad pujaba por su supervivencia dentro de la pugna de una tierra que por casualidad la comenzó a partir.

Gracias a esto es que hoy nos defendemos con uñas y dientes, para no pecar por ingratos ante la obra de los que no dejaron que su arte muriera quemado por bomberos en rastreo, convertido en espuma de mar o la constante amenaza de un progreso agresivo.

Es inevitablemente romántico doblegarse ante la nostalgia, y millones de columnistas y académicos corresponden ante ello condenando sin miramientos a una eternidad de idealismo utópico, abrazando la idea de que segar la posibilidad de sostener la cuna en palmas, a la cuna de la civilización, es una acción de amor iluso que solo busca posponer lo inevitable.

En principio, el motor inmóvil que ha visto nacer, crecer y morir ideas e imperios reside en las manos de quién ávidamente tome la ilusa decisión de crear registro de ello, de ensartar con palabras metódicas e inertes o variopinta poesía el ejército de pretenciosos que buscan la excusa perfecta para asestar lo que ellos creen el punto final de esta historia. La historia de todas las historias.

La portada que anuncia la llegada de un mar de páginas nunca morirá, aunque solo termine por perpetuar su existencia en las mentes de quienes fielmente defendieron su causa hasta la muerte. No hay mucho más que hacer, pues finalmente la decisión no está en nosotros, la condena se ha dictaminado pero todos yacemos expectantes sobre quién será el valiente cobarde que la ejecute.