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#Columna – Lucha del derecho

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Los romanos lo sabían bien, la educación es básica para el ser humano, el conocer y conocerse, saber que el acontecer es solo la punta del iceberg, estudiar comportamientos y repercusiones dentro de cada periodo de tiempo. La estrategia parte del conocimiento básico en artes, historia y guerra, pero no me malinterpreten, esto no se trata de saber cómo destruir al otro, más bien responde al complejo modo de no destruirlo. Comunicación y diplomacia, la idea de que los esfuerzos de unos pocos filántropos que desean salvar el mundo, termina por crear pautas que otros pretenden llevar al filo de la mera contingencia; ahora, los derechos humanos parten de la idea que se puede educar para construir por encima del sentir innato de matarnos los unos a los otros, porque Hobbes lo dijo, “el hombre es lobo para el hombre”; cosa a lo que prefiero creer que todo se construye a partir de la elección propia del ser para convertirse (o no) en arma de destrucción masiva.

La creación de un cuerpo y una mente, desde la cual el derecho a la protesta y la rebelión pueda tener lugar, convierte el resolver la filosofía detrás del oprimido en una forma de liberar su ira reprimida, la oposición decisiva al despotismo, a la tiranía, y en la validez de su teoría con escuadras de personas ejerciendo el deber legítimo de convertir al oprimido en agente de cambio.

Detrás del ejercicio del levantamiento existe una necesidad holística de crear conciencia y, en nuestro deber como constantes en una enorme ecuación humana, convertimos la lucha desigual en un campo del libre ejercicio del derecho, la capacidad de partir desde lo que Locke llamaba “Teoría de la rebelión popular”.

Sin una estrategia de articulación de los focos diseminados de resistencia (Foucault) o sin una constitución de la libertad (Arendt), la rebelión está destinada al fracaso, pero asimismo es menester contemplar cómo se requiere un compendio de opiniones y teorías radicales (y no tan radicales) para desarticular un gobierno que, en mera opinión de su servidor, resulta ilegitimo y constituido a partir de una contienda entre los que comprenden su estadio en el poder como derecho de nacimiento, bien los conocemos como la oligarquía hegemónica.

La teoría detrás de la defensa del ser como unidad básica para la creación de sociedad, responde a la necesidad intrínseca de cada uno por permanecer en un inevitable ámbito político, esto, a grandes rasgos, establece que cada espacio de debate ejerce presión sobre nuestra innata necesidad de mantenernos en nuestras raíces humanistas.

Ahora, dentro del dilema de la lucha como ejercicio de derecho, el bien mayor es uno de los grandes misterios de la humanidad, establecer el punto en el que el sacrificio es válido para la transformación de todo lo que damos por conocido y un atisbo de lo que estamos por conocer. Mientras que algunos responden a ello entregando su voluntad a un príncipe para que decida y administre sus voluntades conforme el inminente estallido de una guerra lo requiera, otros preferimos defender nuestra individualidad (y colectivismo a su vez) de modo que comprendemos que la labor de gobierno se crea a partir de un correcto despliegue de teoría y práctica en los tres conceptos romanos: Arte, historia y guerra (ya antes traducida como resolución de conflictos); más que un recipiente de lealtades y contraposición de ideologías, el gobernante debe contemplarse a sí mismo como punto de convergencia para la más bien deconstrucción de la miseria detrás de la anarquía política del capitalismo.

¿Cuál es la relación de todo esto con los derechos humanos? La respuesta radica en la labor antropología de mantenernos como especie, esto se resuelve como constantes periodos de crisis (y respectiva revolución que les preceden), donde el defensor corre al llamado de quienes dan como tributo su cuerpo y voluntad de lucha para el beneficio de quienes no creen en él. Estableciendo que los derechos humanos se crearon en respuesta a todos aquellos puntos en que la humanidad no ha sabido medir sus ansias de destruirse los unos a los otros; el levantamiento, tras el inconformismo de las masas frente a entes que los constriñen y coaccionan, requiere asimismo fuerzas que establezcan la defensa del que lucha sin hacer miramientos a los colores a los que representa.

Aunque los ejemplos para crear un repositorio donde las luchas llevaron a la libertad de los gobernados son muchos, lo que llama al ejercicio de nuestras facultades (tanto prácticas como teóricas) es lo que hoy ha determinado una coyuntura radical, la presentación de la nación como agente de destrucción, desatando las cadenas de un leviatán, fenómeno del miedo y la destrucción que llena de incertidumbre y duda las mentes y los corazones de quienes son actores pasivos para la reconstrucción de la nación, deslegitimando lo que a grandes rasgos representa el primer paso hacia desasociar los entes gubernamentales de su papel de dictadores que no toman miramientos en sacrificar a muchos para el beneficio de pocos, estrangulando así el llamado a la lucha de clases y el replanteamiento del sistema socioeconómico.

Finalmente, debo dar como recomendación que la lucha es un fenómeno que requiere constante análisis, como planteaba anteriormente, los tiempos cambian, y siempre existe el pretencioso déspota de turno, la necesidad de crear un fluir constante de identidades e ideas, hace que siempre se requiera la presencia de quienes no teman dar su vida por defender a todos bajo el manto de un héroe anónimo, no se necesitan nombres ni apellidos.