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#Columna – Memorias de un Viernes Santo

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ILUSTRACIÓN: Costado occidental del templo de la Santísima Trinidad, sobre la carrera 43 con calle 33 del barrio Álvarez Restrepo, al oriente de la ciudad de Bucaramanga. Fotografía de Fernando Rueda Villamizar.

Por: Óscar Humberto Gómez Gómez.

“A petición del público”, como decían los circos pobres que llegaban a nuestro barrio e instalaban su carpa en el terraplén que hoy forma la manzana comprendida entre la calle 34 y la siguiente hacia el sur, y entre la carrera que conduce a la inspección de policía de “Las Américas” y la carrera 36, reproduzco la crónica que publiqué hoy hace dos años.

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Óscar Humberto Gómez Gómez

Para el año 1969, el templo de la Santísima Trinidad tenía frente a sí, en su costado occidental, más allá de la larga carrera 43, un generoso parque.

Era un parque abierto, sin esas construcciones deportivas y recreativas que hoy por hoy lo achican visualmente y nos dificultan reconstruirlo para estos recuerdos, sobre todo ante quienes lo conocen y siempre lo han conocido tal y como está hoy en día.

La carrera 43 comenzaba en la carpintería de los Lizcano, ubicada al norte de la iglesia, en la esquina de la calle 32, y remataba en una tienda ubicada al sur del templo, en la esquina de la calle 34, en aquel entonces, por cierto, una calle por la que, al contrario de lo que se impondría después, el bus azul de la ruta Álvarez Restrepo subía hacia el oriente y doblaba justamente en esa esquina a la izquierda para continuar hacia el norte rumbo a la cercana estación, donde finalizaba su recorrido.

El cura párroco, casualmente uno de los personajes de mi novela ‘Tierra de cigarras’ —la única que he escrito y que publiqué, para mis amigos, familiares y allegados, en el ya lejano año 2000— se llamaba Pablo Arias Delgado.

Este sacerdote —de quien, aparte de las anécdotas que, con las licencias de la literatura claro está, relato en aquel modesto libro, recuerdo otras cosas como, por ejemplo, que de cuando en cuando nos retribuía nuestros servicios con pesadas bolsas repletas de monedas de cinco centavos, fortuna que casi de inmediato nos íbamos a derrochar en la fábrica de obleas San, de donde salíamos risueños y cargados de recortes— invitó ese año, para que pronunciara el tradicional Sermón de las Siete Palabras, al general Álvaro Valencia Tovar, quien para ese momento fungía de comandante de la Quinta Brigada del Ejército Nacional y ya era reconocido en nuestro medio, más allá de sus actividades militares, como un hombre de particular cultura y de singular elocuencia.

Hasta ese memorable día muy pocas veces me habían dejado ser el campanero durante las liturgias, pero aquella tarde fui encargado a última hora por el presbítero Arias para tocar la matraca, instrumento que habría de oír sonar ese viernes 4 de abril de 1969 por primera vez en mi vida y cuyo peculiar sonido estuvo a punto de provocar mi fulminante despido como acólito de la parroquia por la inoportuna risa que trató de atacarme en un momento de tanta solemnidad, la cual, por fortuna, pude controlar evitando así la que hubiese sido mi más vergonzosa deshonra pública.

Al contrario, lejos de ser destituido y echado como un vulgar indeseable, esa misma noche ya estaba dirigiendo el rezo del rosario, a bordo de una camioneta cerrada perteneciente a Gaseosas Postobón, utilizando un micrófono a través del cual iba rememorando los cinco misterios dolorosos. Mi voz iba saliendo a través de dos cornetas amplificadoras instaladas —en sentido contrario una de la otra— sobre el techo de aquel vehículo, surcado en su carrocería por los emblemas y el eslogan de la empresa que, según yo tenía que estar repitiendo, por orden expresa del cura, producía “los refrescos de Colombia”.

El gentío, provisto de velas encendidas y dentro del cual, aparte de varias monjas, se destacaba la figura del párroco, iba caminando lentamente detrás del automotor, contestando cada una de las salutaciones angélicas —las que ya nadie conoce con ese nombre, pues todo el mundo les dice, simplemente, avemarías— y los padrenuestros con que se daba inicio a cada una de las cinco contemplaciones: la oración de Jesús en el huerto, su flagelación, la corona de espinas puesta sobre sus sienes, la cruz a cuestas con la que fue obligado a transitar camino del Calvario y, finalmente, su crucifixión, su agonía y su muerte, contemplaciones de aquellos misterios que tenían, por cierto, una redacción muy particular, de la que yo —a pesar de mi personal apego a la pureza de las tradiciones— intencionalmente trataba de separarme para intentar hacer una presentación de ellas más acorde con los vientos innovadores que se percibían en la Iglesia Católica, pero sobre todo con la corta edad de mis amigos, todos ellos vecinos del barrio, quienes también, junto a los otros cuatro monaguillos, formaban parte de la concurrida procesión que marchaba detrás de la camioneta.

Cuando el automotor comenzó su aproximación parsimoniosa para pasar frente a la casa de familia donde residía la destinataria de —digamos— mis afectos, sentí que el corazón se me aceleraba ante la inminencia de ver, durante los segundos siguientes, en las escaleras de su hogar, que justamente daban hacia la calle, a la jovencita de los ojos verdes y del cabello marrón, liso e interminable que, en mis sueños trastornados de ese año, muy pronto, según mis optimistas e infundadas predicciones, iba a apropiarse de él, y yo del de ella, cosa esta última que, por cierto, en realidad no sucedió, tal y como, evocando la natural desolación de aquel entonces, lo confieso en la novela.

Conforme lo describo también en mi obra —llamémosla así porque en estos instantes no se me ocurre otro sinónimo menos petulante—, éramos, en efecto, cinco monaguillos con ninguno de los cuales habría de volver a verme jamás en la vida debido a las tristes circunstancias que allí plasmé, y que plasmé a través de unas letras que, como lo descubrieron con gran facilidad mis fieles y pacientes lectores, fueron escritas menos con talento literario que con sinceros sentimientos de amistad hacia quienes durante aquel inolvidable año de 1969, y seguramente sin saberlo, y menos porque se lo hubiesen propuesto, me alegraron tanto, pero tanto la existencia.

La Semana Santa de ese año transcurrió entre el domingo 30 de marzo y el domingo 6 de abril, y aunque, desde luego, disfruté muchas otras semanas mayores a lo largo de mi juventud —y también siendo cada vez menos joven—, difícilmente alguna de estas se le compara, en lo más profundo de mi ser, a aquella de hace más de medio siglo, quizás por el importante papel protagónico que a la sazón, erróneamente por supuesto, creí desempeñar mientras lucía, presa de la más pecaminosa, pero dulce e ingenua vanidad mi impecable traje blanco anudado con un cinturón de lazo.

ILUSTRACIÓNCostado occidental del templo de la Santísima Trinidad, sobre la carrera 43 con calle 33 del barrio Álvarez Restrepo, al oriente de la ciudad de Bucaramanga. Fotografía de Fernando Rueda Villamizar.