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#Columna – Recién llegado

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Soy uno de los últimos en llegar a la reunión.

Escaneo el lugar y veo algunas caras conocidas y a personas que no tengo ni idea quiénes son. Algunas están con su pareja y otras solas. 

Me acerco a un grupo.

Sonrío.  Me sonríen.

Luego vienen unos segundos de silencio tenso.

Imagino que, basándose en esa frase hecha de: El que llega es el que saluda, esperan que yo lo haga.

También hago contacto visual y trato de descifrar en sus ojos si el hombre espera un apretón de manos y las mujeres un beso en la mejilla.  Descarto la última opción ¿Acaso no había sido esa la consigna cuando todo el rollo del Covid comenzó?

Decido darle la mano a quien haga amague de movimiento de saludo.

Conozco a la pareja; las otras dos mujeres hacen parte de ese amplio grupo demográfico de: “los desconocidos”.

Saludo a mis amigos y luego me dirijo a ellas. “Hola”, les digo mientras sonrío.  Le estiro la mano a una y efectuamos una especie de baile con el que me siento ridículo, pues ella se abalanza a darme un beso, o a que le de uno en la mejilla ¿En qué habíamos quedado con lo de los besos?

Cuando caigo en cuenta de su movimiento, descuelgo el brazo para que su estampida corporal no lo atropelle.

“Mucho gusto, Juan”, le digo, y me dice el suyo, pero cae en los abismos de mi cerebro y cuando vuelvo a ocupar mi lugar no logro recordarlo.

Volteo a mirar a la otra mujer que es rubia y tiene pinta de extranjera. Inclino mi cuerpo para darle la mano, pero ella solo alza un poco la suya, en señal de saludo, por lo que tengo que deshacer mi impulso, en una especie de pasito tun tun.

Luego de ese momento algo incómodo, debo buscar la manera de integrarme en la conversación que, supongo, ya lleva cierto tiempo.  Un espacio en el que, imagino, se han pactado, de forma tácita, ciertos patrones de conducta, qué sé yo: temas, formalismos, camaradería, chistes internos, etc. Señales casi imperceptibles que nuestro cerebro capta para poder desenvolvernos “bien”.

Un mesero pasa con una bandeja en su mano con copas de vino tinto y blanco y nos pregunta de cuál queremos.  Escojo una de blanco, porque alguna vez escuché decir que no da guayabo.

Ahí estamos, en la esquina de una sala 3 mujeres, 1 hombre, más un recién llegado –yo–, dándole sorbos a las copas y hablando sobre el tema que sea. 

  • Imagino que el recién llegado de antes, sentirá algo de alivio porque lo liberé de ese papel.  Trato de averiguar quién era esa persona. La busco con la mirada para recibir algo de apoyo, pero el desgraciado(a) se camufla bien, y ninguno de los presentes me la sostiene.  Seguro quieren que sufra, pienso.

Nos colgamos de lugares comunes y conversamos sobre temas poco comprometedores, a medida que me despojo de mi papel de recién llegado para ser parte de mi nueva manada.

Al rato una de las mujeres dice “Laura acaba de llegar”.  Sonrío.  Espero que esta tal Laura se integre a nuestro grupo, para poder pasarle el testigo de recién llegado.