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#Columna – Síndrome de la soledad desdeñada

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¿Se han sentido solos, aún sabiendo que tienen personas a su lado? Pues bien, es una realidad de la que muchos no podemos escapar. Es un sentimiento infernal que cuando llega parece no querer irse. Te da ese bajón de ánimos sin preguntar. Sin avisar siquiera… y te toca sobrevivir, sobrellevarlo, sobrepasar solo ese episodio de soledad.

Muchas veces ese momento deja de ser un “momento” para pasar a ser una semana entera en la que no queda más que sólo vivir por inercia e incertidumbre, y es tenaz. Y te das cuenta de que gracias al pensar en la soledad intensifica y acaba por dañar tu triste día. No te sientes capaz ni siquiera de hablar de tu soledad con personas. Puede ser temor a causar una mala impresión, o quizás una forma de eludir el que te sientes mal por esa razón.

Eso tan feo que sientes cuando te notas vacío, sin nada que te llene realmente… esa falta de felicidad, de alegría interna que se sobrecoge a lo que haces cada día… y al llegar la noche se vuelve más pesada. Es como si la soledad se colgara en tus hombros y te echara hacia el suelo. Te sumergiera en un agujero del que a veces piensas que no podés salir. Y llega la desesperación, la ansiedad, y las ganas de encontrar llenar esos vacíos con cosas banales. Sin embargo es un disparo a la nada… ninguna cosa te llena. Nada funciona y antes te da más ira el hecho de no poder ni ayudarte a ti mismo.

Y buscas ayuda, llamas amigos y no contestan. Les escribes y están ocupados con sus obligaciones. Ahí terminas de notar que justamente sí te sientes solo.

Sólo queda algo por hacer… y no es muy grata la idea. Buscas entre tus cosas y no encuentras algo que puedas hacer antes que esa última opción… Sacas tu guitarra, tocas un par de canciones y te aburres. Pones una película y no le encuentras la trama necesaria para quedarte pidiendo más. Te preparas un café y mientras se cuela, en la cafetera, te quedas viendo al vacío existencial pensando en formas de acabar con ese lapsus de desespero agonizante.

Nada sirve.

Y hay algo que puedes hacer, pero no quieres. Muy en el fondo desearías ni pensar hacer eso. ¿Cobardía? ¿Valentía? Quién sabe… sólo notas que cada vez se acerca esa posibilidad de hacer eso. Eso…

Desearías que alguien estuviera ahí para decirte que no lo hagas. Que te tienes que tranquilizar y dejar que el momento te lleve… pero no. Estás realmente solo. Así que sí, lo vas a hacer. Igual lo has hecho muchas veces antes, y nunca ha salido tan mal. Vas a la cocina, y en el camino ves la foto familiar. Te gustaría que estuvieran ahí contigo… pero no, estás solo. Sigues tu camino y agarras un vaso. Tomas tus pastillas para la ansiedad. El proceso es más difícil de sobrellevar cuando estás aislado sin gente a tu alrededor de forma física. Realmente estás solo en una casa, larga vivienda de tres pisos. Te sientas a esperar que la dosis suministrada haga efecto, mientras tanto te quedas mirando la fotografía familiar. Pasan dos segundos y te despiertas del trance. Otra noche más con pesadillas reales. Pesadillas que cambian la percepción de vida. O de muerte.