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#Columna – Tortuga de Pan

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Por: Andrés Amador.

Ahí estaba mirando fijamente tres porciones de masa para pan redondas grandes ya cortadas, además de seis pequeñas y alargadas junto a un palito metálico para amasar, todo bien ubicado en una esquina de la mesa central del cuarto de producción de la panadería de mi familia, pensando profundamente en cómo resolver el reto que mi papá me había puesto a los diez, once o doce años de edad.

”Haga una tortuga con lo que ve ahí pues”- Me dijo sonriendo mientras seguía produciendo los deliciosos manjares que vendíamos en el negocio por aquel entonces. Me puso a prueba porque sabía quizá que no era tan bueno para aquello y se suponía un gran reto para mí.

Analizaba todas las maneras de organizar los trozos de masas ya listas para crear dicha tortuga sin destruir nada con el único objetivo de cumplir el reto, pero fracasé rotundamente en el intento de hacerla tomar forma. No hallaba el cómo construir la figura que planeaba en mi mente con las piezas redondas y sueltas solo usando las manos. Veía la sonrisa burlona de mi papá quién de una u otra manera conocía mi exagerada energía para jugar fútbol, correr y montar bicicleta pero también mi nula paciencia para soportar la quietud y la contemplación.

Consciente o inconscientemente él me estaba enseñando a lidiar con los sentimientos de frustración, (eso que nadie te menciona y crees que nunca se van a manifestar pero vives casi todos los días de tu existencia), los choques entre lo que deseas profundamente que suceda y lo que nunca pasa. (La fuente de todo sufrimiento humano como manifiesta el budismo); quería un poco de compañía mientras trabajaba para analizar mi respuesta cognitiva ante situaciones nuevas o simplemente estoy sobre-analizando un problema normal del que no obtendré alguna respuesta.

“¿Para qué crees que es el palito metálico?” -Me preguntaba-

“Para amasar”– Debió ser la respuesta más lógica que debí darle pero no lo recuerdo siendo honesto. Después de más risas burlonas pero silenciosas y miradas de reojo para ver mi descontento, mi ceño fruncido e inoperancia decidió ayudarme tomando el palito metálico para empezar a amasar los trozos redondos con el objetivo de darles forma de caparazón y el torso o cuerpo que va en medio. Posteriormente solo con las manos alargó un poco las partes restantes creando así las patas, cola y cabeza, afinando detalles sutilmente con los dedos. Al verlo empecé a hacer de asistente para no dar mi brazo a torcer y darle a entender que por fin comprendía lo que quería.

Unió todo cual muñeco de plastilina y con un cuchillo hizo líneas para crear una especie de cuadrícula en la parte posterior del caparazón, en las patas las hizo en la parte posterior para darle realismo o textura y en la cabeza solo una de lado a lado y así atribuirle una hermosa sonrisa. El toque final eran los ojos, para lo que utilizó dos pequeñas bolas que ubicó en la parte posterior de la cabeza finalizando así la única tortuga que “hicimos juntos” y perdónenme la arrogancia al incluirme pero tengo a mi favor que antes de ir al horno apliqué con una brocha muy suavemente la sustancia hecha de huevo crudo batido para darle color al pan antes de que el fuego y el tiempo hiciera su trabajo.

No recuerdo lo que pasó al final del día, ni tengo la imagen del pan luego de ser horneado en la lata esperando que se enfriara un poco. Tampoco si lo comimos que pudo ser lo más probable; pero de mi mente casi veinte años o más después no se borra ese momento, ese lugar, esa camaradería y esa risa de burla de una persona que sabe perfectamente que me había vencido en su cancha y con sus reglas, mientras yo contemplaba en silencio mi derrota; pero quién a la vez me decía sin mencionar una palabra: “me gusta que estés acá conmigo, gracias por la compañía”.

Una de las primeras batallas perdidas de muchas que vinieron luego y otras que faltan mientras esté vivo fue experimentada en casa, a una temprana edad, al lado de mi padre y provocada por él mismo bajo su resguardo y consuelo. Esto trajo consigo para mí una manera de afrontar la derrota con calma como los Estoicos y su dicotomía del control, o la que tal vez tuvo Zenon de Citio al perderlo todo; que posiblemente tardará una eternidad en ser adoptada completamente, pero soy consciente de que existe y cada día intento aplicarla de la mejor manera. No soy tan melancólico, intento no extrañar o añorar momentos o personas ya que su recuerdo está allí sin forzarlo, nace y muere cada día cuando despierto y duermo mientras navego sobre ellos. Dejo ir todo y a todos con amor, paz, sin apego, sin perseguir y en armonía con la naturaleza como enseña el Taoísmo. Tampoco soy un pretencioso egocéntrico que desea que alguien se quede o reviva solo para darme la oportunidad de verlo de nuevo con la intención de despedirme. Son pocos los momentos que desearía vivir de nuevo pero cuando la tristeza asoma la salida fácil es hacer catarsis con utopías.