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#Columna – Vive como si fuera el último día

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“La vida cambia rápido. la vida cambia en un instante. Te sientas a comer y la vida que conoces se acaba.”

– Joan Didion –  

Hace 6 meses, Simón Ruiz fue el médico, para cumplir su control anual. Siempre había gozado de buena salud, practicaba natación 4 veces a la semana y comía de forma saludable.

Cuando llegó al consultorio, luego del saludo y las preguntas de rutina: ¿Cuál es el motivo de su consulta?, ¿Qué medicamentos toma?, ¿Cada cuánto se ejercita?, entre otras; el médico, un hombre de cejas pobladas que le daban un aire de sabio, le pidió que se quitara la camisa y lo invitó a sentarse en la camilla.

Le midió la presión arterial (120/80), bien. Luego con la campana del estetoscopio sobre su espalda, le pidió que tomara aire profundo, lo botara, y le hizo repetir esa operación cinco veces seguidas.

Luego le dijo que se recostara y le comenzó a palpar el estómago con ambas manos. Se detuvo por un tiempo en una zona específica, y notó cómo Ruiz hacía un gesto de dolor, proporcional a la presión aplicada.

“Seguro que se ha sentido bien últimamente?, le volvió a preguntar el médico”

“Sí, ¿por qué?”, respondió Ruiz, con un tono de angustia.

“le voy a mandar a que se tome unos exámenes señor Ruíz”.

 “¿Estoy enfermo?”

“Es muy temprano para saberlo, pero necesita seguir todas mis indicaciones”.

La vida que conoces se acaba

La masa que identificó el doctor, como pensó Ruíz desde un principio, resultó ser un tumor maligno. Desde ese día, con La Quimio y Radioterapia comenzó a perder vitalidad.

Siempre había pensado sobre la muerte como un evento lejano, y que lo iba a encontrar de viejo, después de haber cumplido la mayoría de sus sueños.

Ahora esta postrado en una cama de hospital instalada en su casa, con su esposa e hijos a su lado. De vez en cuando estos cruzan unas cuántas palabras, pero la mayoría del tiempo permanecen callados, observando como el pecho del padre y esposo sube y baja con cada respiración.  

En la última semana Ruíz ha permanecido inconsciente la mayor parte del tiempo, y los escasos momentos de lucidez los ha aprovechado para revaluar su vida, qué ha hecho, pero sobre todo qué fue eso que nunca se atrevió a hacer.

El estado en el que se encuentra le ha servido para reconocer y reprochar cualquier daño que le haya podido causar a otras personas, y cuándo ha tenido ánimos de conversar con las personas que llaman a preguntar cómo se encuentra, les ha dicho las dos frases que más pronuncian quienes están a punto de morir: “lo siento, por favor perdóname” y “no te preocupes por eso”.

En medio de su estado profundo de inconsciencia su respiración es la de Cheyne-Stokes: A veces es profunda y lenta, otras superficial y rápida, hasta que en un momento se ralentizó y se detuvo suavemente, sin que llegara a experimentar pánico o dolor.   

Sus familiares nunca lo supieron, pero Ruíz por fin pudo entender la frase “Vive como si fuera el último día”, que siempre le había parecido zonza. Concluyó que no significa otra cosa que librarse de la tiranía del futuro y anclarse en el presente y sus pequeños detalles: el olor del café fresco, escuchar su canción preferida, la carcajada de uno de sus hijos o una caricia de su esposa.