#Columna: Confesiones de un melómano

#Columna: Confesiones de un melómano

Mi relación con la música

Hay cosas que tengo que admitir, por ejemplo, no puedo salir de mi casa sin mis audífonos ni mi reproductor, ni puedo soportar el peso de los días sin un sonido que aligere sus cargas, y mucho menos puedo evitar etiquetar con canciones, épocas de mi vida, momentos y personas que he conocido y que no volverán a transitar. El momento termina, la persona se marcha y la canción sigue sonando en el fondo del recuerdo. Emulo sus sonoridades con mis manos, cual conga o batería golpeteando mis rodillas, las mesas y sillas, aprieto mis labios para ejecutar un solo de trombón de boca en sitios atestados de gente, y sus ojos me miran con asombro, extrañeza y mal brillo. Esta “manía” la repito en reuniones, entrevistas, citas.

Pienso en la música que cura, en el dolor que se suaviza y que todos los signos del tiempo los puede interpretar una canción, o que todos nosotros somos una canción que aún no ha sido cantada.

Una cosa que tenemos los melómanos, es mover el playlist de un género a otro sin desparramarnos, sin el escándalo de profanar un ritual o de mentarle la madre a la historia de un disco. Todo nos viene de afuera, configurando el bullicio en nuestras venas, desde la salsa de los barrios, el rock de los bares, hasta el reguetón del vecino con el que perrea más de cinco veces el mismo tema.

Los melómanos y sus manías

El melómano habita en todas las esferas sociales, en algún rincón donde pulule la música. Están los catedráticos del disco, esos bibliotecarios que no se descachan con la fecha y te reprochan cuando no mencionas algún detalle que crees irrelevante. Están los sujetos que además de coleccionar discos, conservan el manojo de boletas, autógrafos y la camisa transpirada del último concierto. También están los puristas, los de “todo tiempo pasado fue mejor”, los que se quedaron en el letargo de alguna década dorada, los que reniegan del porvenir, los que son ojos para lo de afuera y no alma para lo de adentro.

También están los insatisfechos, los que no se casan con un solo tema, los que se detienen de la nada cuando un nuevo descubrimiento emerge desde un parlante, cuando un álbum se planta en su camino y les hace una invitación desde algún reproductor. Los que pueden conciliar el pasado con el presente, los que no discriminan formato. El disco, sea LP, CD o mp3 es solo un medio, un pasaporte para conocer el legado sonoro de la humanidad, que día a día ensancha su infinito patrimonio.

 

#Columna: Confesiones de un melómano

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