#Columna: El arte de asistir a un ensayo.

#Columna: El arte de asistir a un ensayo.

#Columna: El arte de asistir a un ensayo.

 

La mayoría de las veces, mientras se afinan los instrumentos, me ubico detrás del pianista e intento interpretar ese cumulo de corcheas, bifusas y bemoles.

Todos llevan su atril para colocar el pentagrama de la canción, salvo la percusión, que la lleva interiorizada en el repique de sus golpes. El timbero, con sus baquetas, marca el compás a iniciar. Se presenta una salida en falso, algún músico se adelanta; otro, toca la nota equivocada, pero más adelante, se logran armonizar esas dispersiones. Uno como asistente, es testigo de un arte en construcción.

La experiencia de ir a un ensayo, sea cual sea el género, es un privilegio para el oído, bien sea para las bandas que son contratadas para un baile de fin de semana montando puros covers, o de un grupo con una propuesta propia. En la primera, sucede que no siempre se sigue la canción como lo dicta la partitura original, consecuencia del devenir de estos tiempos cada vez más intensos, se ven obligados a acelerar un poco la marcha de las canciones, y en el mayor de los casos, un son montuno, se vuelve un mambo, y un rock and roll, se convierte en una pieza de Thrash Metal.

En el segundo caso, cuando la orquesta tiene material inédito, se asiste a un parto colectivo, en donde cada músico aporta su pedazo de embrión. Las piezas y sonidos asilados, se juntan para el nacimiento final de una canción, que puede convertirse en un mito, que nunca se irá de la memoria de los melómanos.

El proceso

Uno como asistente presencia la confusión, el divagar de un corte mal logrado, un ensamble mal ejecutado, que consume horas y paciencia. La canción se vuelve un rompecabezas, donde sus piezas se refundan para encajar; o en algunos casos, se tira todo al suelo y se vuelve a empezar desde cero.

El arreglista replantea su idea y se la comunica a cada uno. Paulatinamente el asunto va mejorando y hay afinidad en cada una de las secciones. El bajo y el piano, marcan armónicamente la columna vertebral de la canción. Hay una percusión conectada, que precisa las secciones rítmicas, para darle apertura a los vientos que ponen el entramado melódico. El cantante se familiariza con la letra, y en los coros, ya se sabe quiénes hacen la primera, la segunda y tercera voz.

El resultado es evidente, un grupo que va solo y toca como si no hubiera un mañana.

El sonido es tan claro y contundente, que cuando se graba formalmente en el estudio y se lanza el producto final, uno queda con la piquiña de que algo faltó, de que esa experiencia de errores e intentos acumulados en el oído, arrojan un espectro sonoro más amplio y delicioso. Sensación comparable con la de traducir un libro al lenguaje audiovisual, en el que cada capítulo, la ansiosa imaginación, se anticipa creando una armonía, un ritmo, una melodía, y el corte musical es la transición de un capitulo a otro, de una escena a la siguiente, pero vemos que en la proyección final, no siempre se cumplen esas expectativas.

Los ensayos, además de ser un espacio de retroalimentación de una banda u orquesta, sirven de puente e intercambio con su íntimo público (amigos y familiares de los artistas), sea para hablar un poco, o tomarse fotos y subirlas a las redes sociales. También se asiste a un nacimiento, a una reinvención, a una encrucijada, y el momento más fuerte, que exige la disolución de egos, el fortalecimiento y compañerismo entre conocidos y ajenos, es un arte que cada día deja un nuevo asombro.

 

 

#Columna: El arte de asistir a un ensayo.

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