#Columna: ¿El mundo en el que vivimos es igual al que nos gustaría para vivir?

#Columna: ¿El mundo en el que vivimos es igual al que nos gustaría para vivir?

#Columna: ¿El mundo en el que vivimos es igual al que nos gustaría para vivir?

 

En un mundo lleno de muerte, violencia, hambruna y demás, compruebo que el infierno es este, que no puede haber un lugar peor, con mayor desolación y terror. El cuentico del diablo rojo, con cachos y poderes que de niña tanto me aterrorizaba, hoy no es más que un chiste mal contado comparado con las cosas que veo y leo todo el tiempo.

Le encontramos excusa a nuestra locura, y en busca de satisfacer los egos, de sentirnos poderosos y mejores, hemos inventado estratos socioeconómicos, cargos donde uno tiene el mando y el otro esta destinado a trabajar bajo condiciones ajenas, y demás peleas de poderes, donde uno siempre será más y otro menos.

Y no, no es que sea una persona negativa, aburrida de la vida y quejumbrosa por todo. De hecho los que me conocen saben que para mí estar en la tierra es una fiesta, y que pese a mi carácter fuerte en apariencia, en realidad siempre tengo una sonrisa y una frase alentadora para dar. Pero hoy me siento absolutamente frustrada, porque hoy el mundo me provoca miedo. Me repudia darme cuenta de que gente que me rodea apoya ideas y hechos violentos, con una rigurosidad tal, que parece una pesadilla de la cual espero despertar.

No está bien que aceptemos, normalicemos o justifiquemos la violencia en ninguna de sus formas y hacia ninguna de sus partes. Recordemos simplemente El Chavo del Ocho, este programa mexicano aparentemente inofensivo que veíamos en televisión, donde uno de sus personajes llamado Don Ramón, siempre era cacheteado por Doña Florinda y esto provocaba en la audiencia una gracia sin igual. Antes no lograba entender la magnitud de imágenes como esta, pero hoy me doy cuenta de lo grave que es. No debimos verlo y mucho menos debió ser reproducido en el imaginario cultural de tantos, pues de inmediato asumimos que solo está mal cuando un hombre maltrata a una mujer.

¿Por qué? ¿Cómo puede producir satisfacción el dolor? Entonces, para responder lo anterior vamos a la raíz de todo: la educación en las instituciones muy pocas veces se preocupa por formar personas, seres humanos que entiendan esta condición y valoren a seres diferentes a sí mismos. No nos enseñan a ser empáticos, ni respetuosos, ni tampoco a generar un criterio para pensar, hablar y llevar a la cotidianidad nuestras opiniones, sin perjudicar o pasar por encima de la integridad de otros.

Hoy en día vemos miles de hogares fracturados, donde cada cual va por su parte, sin siquiera saludarse o preguntarse mínimamente una vez al día ¿cómo va todo? No es falta de tiempo, es falta de interés, porque la sociedad en gran parte se ha convertido en un cumulo de zombis que defienden únicamente su palabra, y están dispuestos a lo que sea con tal de validarla frente a los demás.

Lo vemos en todas partes: parejas que se celan al extremo y empiezan a tratarse con altanería. Hijos y padres que no saben cómo comunicarse y recurren a los gritos, golpes y manipulación. Compañeros de escuela o trabajo que con tal de opacar a su semejante, no piensan en sus palabras ni en el peso que estas pueden causar en la existencia del otro.

Me remito a casos recientes, aunque seguramente no a los últimos: Verónica Lugo Mosquera, una joven de tan solo 16 años, quien fue encontrada colgada de una cuerda por su hermana menor en Bogotá, porque aparentemente sufría de matoneo por parte de una de sus profesoras. O Viviana del Carmen Ricardo Vega, de 14 años, quien a principios del pasado mes de agosto, se envenenó con un plaguicida de la finca en la cual vivía. Su familia asegura que estaba cansada de que sus compañeros de clase se burlaran debido a su labio leporino y paladar hendido.

Recordemos también el caso de Mary Nelcy Vera Ballesteros de 36 años de edad y quien era madre de dos hijos, quien el 3 de septiembre de este año fue asesinada por su pareja, un hombre que en repetidas ocasiones la golpeaba.

Según el más reciente informe sobre feminicidios, realizado por el Instituto Nacional de Medicina Legal, en Antioquia fueron asesinadas 70 mujeres durante los primeros 5 meses de 2018, seguido por el Valle del Cauca, donde se reportaron 60 casos.

Hay tantas formas y tantísimos ejemplos para referirnos a la violencia que generamos y de la cual muchas veces somos víctimas o bien sea victimarios. Todos en alguna medida somos responsables de que cosas como esas sigan ocurriendo. Por ejemplo, en esta era de redes sociales, internet y tecnología en su máxima potencia, es importante ser conscientes del tipo de mensajes que generamos, pues bien sabemos que se propaga fácilmente y como el peor de los virus, podemos terminar aprobando y fortaleciendo la agresión.

Todos podemos ser la víctima, como Sebastián, un niño venezolano de tan solo 18 meses, quien fue secuestrado en Cúcuta cuando una mujer se ganó la confianza de su mamá y aprovechó para raptarlo. Gracias al trabajo de la Unidad Antisecuestros y Extorsión de la Policía Nacional pudo ser rescatado, pero este es un caso aislado, porque como él, según cifras de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en el 2016 hubo 16.243 casos de menores de edad desaparecidos, donde solo 7.988 fueron hallados vivos y 186 muertos.

Si nos trasladamos en el mapa, veremos que también ocurren hechos aterradores, como en México, en el Municipio de Acatlán de Osorio, donde la comunidad linchó y posteriormente prendió fuego a dos hombres señalados por secuestrar niños. Mientras eran calcinados hasta la muerte, la gente alrededor aplaudía, tomaba fotos y hacía vídeos. Posteriormente y tras una investigación, la Fiscalía del Estado aseguró que los dos hombres eran tan solo campesinos y no habían cometido ningún delito, por lo cual todo había sido una confusión.

Lo anterior demuestra que hemos perdido todo tipo de limite, pues no solo nos sentimos con total autoridad para juzgar y condenar a alguien, sino que somos capaces de tomar “justicia” por nuestras propias manos y llegar incluso a asesinar a otra persona.

La crítica, envidia y burla se han convertido en el pan de cada día, y como mantra, nos repetimos que debemos superar a los demás a toda costa. Quizá nuestra especie en vez de evolucionar se esté transformando en los monstruos que tanto vemos en películas. A lo mejor nuestros ídolos pasaron de Mahatma Gandhi a Jason Voorhees, entonces creemos que todos los días son viernes 13 y decidimos vivir la historia de Matanza en Texas, una y otra vez, porque nos encanta ponernos mascaras para simular una humanidad que solo vale si proviene de nosotros mismos.

Ojalá despertemos de este mal sueño totalmente convencidos de que podemos y debemos ser otros, a lo mejor podríamos sacar del armario nuestra mejor versión y empezar a usarla, ser un poco más solidarios y cada que nos pique el bichito de la maldad, hacerle caso omiso e infestarlo con el insecticida de la buena voluntad.

Y ya que nos gustan tanto los retos y nos encanta subirlos a redes sociales, yo les propongo el #ChallengeDeLaBuenaPersona, aunque puede que no sea tan fácil como bajarse de un auto en movimiento y comenzar a bailar de forma extraña. Pero tranquilo, no le toca subirlo a su Instagram ni va a perder seguidores por esto, solo debe intentar dar de usted lo mejor que pueda, aunque le cueste, aunque le duela, aunque su ego no se llene tanto y su apariencia sea lo que menos importa. Lo reto y vamos a ver cuánto nos dura, pero antes pregúntese ¿cómo es el mundo en el que le gustaría vivir?

 

Autor: Estefanía Chingual López.

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