#COLUMNA: EN UN PAÍS SIN LEY, EN UN PAÍS SIN NOMBRE

#COLUMNA: EN UN PAÍS SIN LEY, EN UN PAÍS SIN NOMBRE

EN UN PAÍS SIN LEY, EN UN PAÍS SIN NOMBRE

EN UN PAÍS SIN LEY, EN UN PAÍS SIN NOMBRE

 

Emprendí un viaje por las tierras latinoamericanas unos años atrás. La idea comenzó como una búsqueda de mí mismo, quería encontrar en cada país un pedazo de identidad, de algo nuevo que naciese en mi alma. Un día llegué a un extraño país, no tenía nombre, no tenía ley. El primer lugar donde me detuve era un pueblo, solo habían veinte habitantes pero muchas casas. Casas de barro que se caían a pedazos, el olvido las iba carcomiendo. El murmullo del silencio me penetraba en la médula y me producía miedo. Durante media hora anduve por las calles de tierra, con el sol en la cabeza azotándome con fuerza, hasta que una figura lejana se fue acercando.

-¿Y el resto de gente?- le pregunté al hombre, que llevaba encima un viejo costal.

-Están muertos.

-¿Muertos?- le pregunté anonadado.

-Si po’ aquí sólo vivimos veinte.

-¿Y qué les pasó a los otros?

-A eso los mató una enfermedad mijo.

-¿Qué enfermedad?

-La violencia pues. Usted como que es no es de po’ aquí de estos lugares.

-No, yo soy de muy lejos.

-Pues regrésese por donde vino, o se le pega la peste.

 

Aquello que él llamaba la peste se había llevado a casi todo el país a la tumba. Los pueblos, las ciudades, todo estaba casi deshabitado. Los que quedaban se escondían en agujeros, en viejas casas, en los bosques. La peste era muerte, era violencia. Eran casquillos de balas, M16 cargadas, machetes ensangrentados. Gritos y lágrimas en los valles del dolor de este país tan extraño. El hombre tomó su costal que antes reposó en el piso y alzando su mano se despidió. Unas gotas de sangre escurrían del costal, dejando un rastro en el piso.

-¿A dónde puedo ir?- le grité mientras se alejaba.

-Aquí no hay donde ir, devuélvase. ¡Antes que lo agarre!

 

Caminé por el pueblo desierto durante media hora sin toparme con nadie. Algunos cimientos de las casas ya estaban en el piso. Sentí en algunos momentos que ojos se asomaban por las viejas ventanas y me veían pasar. Sin duda, los extranjeros eran una novedad por estos parajes. Miré el reloj, la tarde apenas estaba cayendo y el sol se escondía en el horizonte. Me crucé con una angosta carretera, la bordeé. El rugido de un motor resonó detrás de mí, un jeep que avanzaba a toda velocidad se frenó unos metros delante. Eran hombres armados y vestidos de camuflado. Me quedé pasmado en el lugar donde me detuve.

 

-¿Pa’ onde va?

No le respondí.

-Oiga hermano. ¿Pa’ onde va?

-No sé, no soy de por aquí.

Me miro de pies a cabeza.

-Se le nota bastante. ¿De dónde viene?

-De por allá.- le señalé el pueblo.

El hombre miró a sus compañeros con una mueca de extrañeza.

-¿Y se encontró a alguien?

-Sí, a un señor.

-Esos hijueputas fantasmas no hacen sino rondar por ahí.

-¿Cómo?

-Nada mijo. Y mejor písese de por acá. ¿Me oyó?

Asentí con la cabeza. El hombre apuntó su fusil hacia mí.

-Aquí la peste se lambe a los que no son de por aquí bien rapidito.

 

Los hombres empezaron a carcajearse. El sujeto soltó un disparo, me sobresalté. Luego soltó otro. Empecé a correr rápidamente sin mirar atrás, solo escuchaba la risa del grupo y algunos tiros al aire. Cuando estuve lo suficientemente lejos me detuve con las piernas cansadas. Caí al piso y cerré los ojos. Una tranquilidad invadió mi cuerpo, una calma que llevaba buscando durante esos largos años de viajes… Una mujer de aspecto senil me levantó, el día estaba claro y podía escuchar el canto de las aves. No parecía deshabitado, por el contrario había belleza alrededor.

-¿Por qué todo es tan bello ahora? – le pregunté a la mujer, me miró con una sonrisa.

-Porque en este lugar, solo la muerte es hermosa.

-¿O sea que estoy muerto?

-Sí, los que llevan la peste te mataron.

 

En este lugar los muertos hablan, escriben, lloran, gritan y claman, pero no son escuchados. En este país sin nombre, en este país sin ley me convertí en un fantasma por la peste. La peste de la violencia que se sigue llevando a los vivos.

 

 

DAVID CARMONA

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