#Columna: Globo histérico

#Columna: Globo histérico

Globo histérico

Antes era una pequeña sombra que me acompañaba. De pronto, sabía que había pasado por aquí, limpiado por allá. Quizá, un escueto saludo en la mañana:
—Hola.
—Hola. —Y cada quien volvía a su vida.
Entonces, llegó la cuarentena y fue inevitable notar su presencia. Descubrí varias cosas sobre ella: su rutina, el menú diario. La escuchaba ir al baño, sabía si se duchaba, cada cuánto lavaba ropa, en qué momento pagaba la renta. Y eso me exasperaba, conocerla
tanto de manera imprevista, escuchar conversaciones telefónicas indeseables, encontrarla a diario sin haberlo pedido, sentir que vivía, que respiraba. No obstante, me percaté de algo mucho peor: que ella era feliz y yo no.
Esos dientes blancos en plena risotada, las benditas canciones que cantaba en la ducha. ¡Cómo podía alguien vivir siempre alegre! Su habitación parecía un pequeño paraíso, una sucursal de la vida en su país. ¿Por qué la mía era un infierno?
Y su cuerpo era otra cosa: ceñido, marcado. Se le hacía natural exhibirlo en toalla por el piso, sin más prendas que un top cubriendo su dorso fresco, húmedo, recién extraído de la ducha. O también podía salir de la habitación con uno deportivo y en pantaloneta después de ejercitarse. Entonces, no olía a jabón; sino a sensualidad, a sudor, a feromona. Y yo me miraba al espejo, en mi cuarto, baja, gorda, flácida, infeliz; con una sonrisa forzada. Yo tan yo y ella tan ella. Antes me reía en su compañía y ahora mantenía un taco en la garganta que me hacía carraspear todo el tiempo y que no se quitaba llorando, ni fingiendo carcajadas, ni gritando. “Globo histérico” leí que se llamaba.
¡Es que cómo iba a saber que, un día, la vida me iba a poner de frente con la persona que deseaba ser! Y que no podía porque, por más que lo intentara, mi química estaba hecha de veneno y no la alteraba ni encerrada en mi pieza, tratando de sacarlo, porque mi mente se había vuelto una cápsula de podredumbre, donde yacía ahogada entre mi propia toxicidad; y de cuyo hedor no me libraba ni con champú, ni con jabón; ya que, para lavar el cuerpo, hace falta primero limpiar el alma.
¿Cómo ella podía estar soltera? También lo analizaba. ¿Cómo lo soportaba tan felizmente? ¿De dónde brotaba su autonomía y su calma, aún en tan extremas circunstancias? Un virus se estaba comiendo al mundo y ella contenta aplaudiendo en el balcón, sonriéndole a los vecinos. Agua con avena en la mañana, lentejas con aceite de oliva a la comida, jugo de mandarina con azúcar, infusión de manzanilla a las veintiuno treinta, series en la laptop. ¿Y yo? ¿Dónde había quedado? De tanto pensar, ya ni existía.
Lo intenté todo para que me notara, pero nada funcionó: Hablarle bien, hablarle mal. Quizá lo hizo. En tal caso, decidió ignorarme. Y todo empeoró porque empezamos a habitar el mismo piso, viviendo vidas tan distantes. Quise ser injusta, mas su fuerza se abrió como abanico. Sexy y valiente era.
Una noche me despertó uno de mis gritos ahogados y a la mañana siguiente lloré duro en la sala para que me escuchara. Un rato después, salió de su cuarto oliendo a feromona y sin un rastro de burla, a pesar de haber sido yo tan mala, quiso ayudarme. ¡Lo que faltaba! ¡No tenía quiebre! Ni por las buenas lograba dominarla. Cantar como ella no me haría alcanzarla. Seguro porque lo hacía sin
motivación y la voz sonaba resentida. Ni reírme en la mitad de la sala. Mi emoción era vacía. ¿De qué estaba hecha esa mujer? ¡Cómo no tenía qué criticarle! El día que me pidió que dejara de hacer bulla en la sala, no tuve qué refutarle. Mi defensa estuvo llena de contradicciones. Me tocó inventar cosas y ni así logré humillarla. Era dura como roble. Debí suponerlo las veces que la escuché orar en su habitación. Artista como yo, colombiana como yo, optimista como ella, ¿Graciosa como las dos? La vaina es que puyé tanto, que convertí el departamento en la mismísima olla de presión que teníamos en la cocina. Era a tal nivel mi malestar, el ahogo en mi pecho, el ácido quemándome el estómago, la sensación en la panza; que de algo sirvió.
“El odio es el único veneno que uno se toma pensando que va a morir el otro”, dicen por ahí. Pero funcionó. Una mañana me desperté y ya no estaba. Ni sus canciones, ni sus series en la laptop, ni su jugo con azúcar. Desapareció. “¡La maté!”, me dije, fiel a mi sonrisa fingida, que sobrevivió conmigo hasta el último día de cuarentena; observando mi fotografía enmarcada sobre la mesa de noche: top deportivo, cuerpo ceñido, la medalla de una maratón entre mis dientes blancos; mientras sentía cómo la depresión se apoderaba de mí. Y en aquel piso de una sola habitación, mirándome al espejo, el superfluo saludo diario:
—Hola.
—Hola.

Fotografías por:

Imagen 1: Vince Fleming 
Imagen 2: Gabriel 
Imagen destacada: Ian Espinosa

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