#Columna: Hipocresías cotidianas

#Columna: Hipocresías cotidianas

Hipocresías cotidianas

 

“La corrupción, tan antigua como el hombre, surge de fallas en la moral de los individuos”

Gustavo Muñoz.

 

Colombia es un país donde los niveles de corrupción han alcanzado cotas absurdas, al punto de capturar al jefe anticorrupción de la Fiscalía por corrupto, o que una consulta que buscaba mermar los casos de corrupción, no fuera votada por la mayoría de la población. Los medios se nutren, casi a diario, de este tipo de noticias, y nosotros, inocentes ciudadanos, dormimos felices al creer que nuestra pobre indignación por las redes, o las conversaciones alrededor de una mesa, son suficientes.

Sin embargo, cómo dice una canción “es fácil vivir con los ojos cerrados”. Cuando el problema es tan grande pensamos que es lejano, que no nos toca en nuestra vida diaria, esto es, y siempre será, un error. Innumerables son los casos, cada uno puede hacer memoria de actos de corrupción en la vida diaria. Desde aquel que se salta la fila, pasando por quien se queda una devuelta que le han dado de más, la persona que al encontrar una billetera roba el dinero, todos son actos de inmoralidad cívica, que no es otra cosa que pasar por encima de los demás, creyendo tener derecho para hacerlo.

Muchas veces estos hábitos vienen desde la niñez. Cuando un niño ve a su padre pasando por alto las señales de tránsito, luego sobornando al policía para no recibir una multa y después ve al policía, imagen de la autoridad, recibir ese soborno, crecerá con la idea de que eso es lo indicado en dicha situación. Incluso en niveles más pequeños como cruzar las vías cuando no debemos, botar basura a la calle, resolver los problemas a golpes; todos estos son ejemplos que se normalizan y que serán repetidos por los más jóvenes.

Corrupción adaptada a la cotidianidad

Solemos pensar que la corrupción pertenece al sistema y no a los individuos, y olvidamos que el sistema se compone de individuos. Nuestras instituciones son  corruptas porque nosotros lo somos también, quizá en pequeños niveles, pero somos los responsables de normalizar conductas que luego se esparcen por la sociedad, llegando hasta los altos mandos. Conociendo esta situación es nuestro deber como ciudadanos, y como individuos, frenar estos actos de corrupción. Debemos dejar de pensar que el otro es ajeno a nosotros. Todos hacemos parte de una colectividad que se nutre y mejora según mejoramos individualmente, según utilizamos nuestro saberes para el beneficio colectivo, según encontramos en nuestro vecino un espejo en el cual reflejarnos.

En una maravillosa película, compuesta por tres cortos dirigidos por Martin Scorsese, Francis Ford Coppola y Woody Allen, este último nos muestra una situación, que aunque inverosímil, podría ayudarnos en este problema. Allen nos cuenta la historia de Sheldon, un hombre al cual su madre sigue tratando como un niño. Después de participar en un acto de magia esta desaparece, tan sólo para aparecer como un ente gigante en el cielo, el cual vigila cada uno los aspectos de la vida de su hijo, como un dios inmisericorde. Quizá la idea no sea tan descabellada y debamos actuar como si nuestra madre estuviera viendo las decisiones morales que tomamos, quizá así podamos mejorar un poco; quién sabe.

 

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