#Columna: La libertad en tiempos de represión

#Columna: La libertad en tiempos de represión

#Columna: La libertad en tiempos de represión

Colombia es un país extraño. Amamos la libertad de poder hacer, decir, crear, criticar y hasta destruir lo que queramos, pero odiamos alzar nuestra voz para defender ese derecho.

Es el típico caso de querer al perro, pero odiar las pulgas. Estamos tan amoldados a ese tipo de comportamiento, que ya nos no parece extraño que el presidente Duque lance un proyecto donde, según él, no se trata de penalizar a los consumidores de drogas, sino en decomisar lo que se consume, en pro del mejoramiento ambiental; Dios no quiera que se vean personas fumando en la calle, por favor no.

Cuando yo era niño, y mis padres alegaban para que hiciera aseo en casa, el mero hecho de barrer y recoger el polvo acumulado, me causaba tanta pereza, que prefería levantar una alfombra, o en su defecto, ocultar la suciedad bajo los muebles o las camas, de esa manera la casa parecía reluciente, mis padres me felicitaban y podía continuar con mi vida. Iván Duque, con su séquito de buenos samaritanos, quieren hacer lo mismo con este proyecto.

Al ver que es imposible acabar con el consumo de droga, por más glifosato que riegue en todo el país, por más campesinos mal pagados que utilice para erradicar, por más miles de millones del erario gastado en su lucha; ha optado por hacer lo mismo que un niño haría.

Lo malo de esa estrategia, incluso para el infante que era yo, es que el polvo se sigue acumulando, y más temprano que tarde, se convertirá en un problema mayor. Este comportamiento no es extraño para nosotros, sólo que nuestra memoria es selectiva, y como dice Ernesto Sábato, echamos al olvido todo aquello que nos incomoda.

En el año 2013, en plena celebración de los Juegos Mundiales, la Alcaldía de aquel entonces decidió que era una gran idea colocar vallas en lugares poco estéticos de la ciudad. Su idea, creo yo, no era embellecer a Cali, pues eso costaría mucho y tomaría bastante tiempo de planeación, sino tapar lo feo por un rato, olvidarse de la basura que inunda la ciudad, descartar los indigentes que pululan por el centro, voltear la mirada a los cientos de problemas que tenemos y “don’t worry, be happy”.

Una vez terminaron los juegos, las vallas desaparecieron, tras ellas la verdad se reveló, y aunque han trascurrido cinco años desde entonces, la misma imagen nos compaña. Tal parece que nuestra sociedad se basa en ese principio: ocultamos la muerte tras fiesta, censuramos la verdad bajo recreación, despreciamos la belleza y la condenamos a lugares comunes, cerramos nuestros ojos ante el mundo. La propuesta del presidente no es más que otra, en la larga lista de intentos vanos por solucionar lo irresoluble. Es un paso atrás en lo que a política refiere, una bofetada a los derechos ciudadanos; una enorme valla que nos cubre a todos y con su sombra larga, nos señala directamente a la cara.

 

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