#Columna: ¡ME HE CONVERTIDO EN UN PEQUEÑO GRINCH!

#Columna: ¡ME HE CONVERTIDO EN UN PEQUEÑO GRINCH!

navidad

¡ME HE CONVERTIDO EN UN PEQUEÑO GRINCH!

¡Querido Niño Dios!…

Así iniciaban la mayoría de las cartas que escribía para este tiempo hace unos cuantos años atrás, podría decir que unos 16 años más o menos, luego procedía a decir que me había portado muy bien, que era una buena hija, una buena hermana por tolerar a en ese entonces mi insoportable hermana menor, que era una buena amiga porque jugaba con mis amiguitos y que por eso merecía lo que deseada tanto para esa navidad, posteriormente escribía una lista larga entre juguetes y peticiones que hacía con mucha fe al querido Niño Dios.

Pasaron un par de navidades más antes de enterarme de la triste realidad que podía afrontar una niña de 10 años, descubrir quién era el Niño Dios en realidad, eso fue cruel pero sobreviví.  Con el pasar del tiempo fui perdiendo la fe, seguía siendo una buena niña, pero esa ilusión respecto al personaje divino ya no existía.

Disfruté con inocencia de la navidad (creo) hasta mis 12 años, eso de la pubertad me pego duro y desde ahí empecé a ver y a sentir esta fecha de una forma diferente, la chispa navideña ya no la sentía como antes.

Los años pasan, siguen pasando y llega la adolescencia, los amigos, el novio, la universidad, los aprendizajes, el trabajo, la madurez, los 24 años y una nueva forma de ver y vivir estas fechas, se empiezan a hacer notables las ausencias en la familia y las cosas siguen cambiando.

Tradiciones

Viví navidades donde podía quemar chispitas mariposas muy tranquila, ver cómo llovían estrellitas de los volcanes y cómo los famosos cohetes hacían correr a más de uno.

Hacíamos el año viejo o muñeco viejo que sería quemado el 31 a media noche, comía natilla sin buñuelo (porque no me gustaba) y mucho arequipe hasta más no poder, rezaba la novena unas 6 veces al día porque paseaba por todo el barrio de casa en casa, veía la mayoría de las casas de mi pueblo decoradas, por no decir que todas. Habían luces por doquier.

El 24 era un festín y el 31 ni se diga, la familia numerosa y todos alrededor de un arbolito navideño en casa de la abuela, esperando ansiosos la llegada del Niño Dios con sus regalos, el 31 era similar solo que este día esperábamos ansiosos ver arder al pobre año viejo.

Y luego no sé qué me paso, en algún momento me empezaron a decir que era el pequeño grinch de la familia, incluso es de mis películas favoritas en esta época, y yo siempre argumenté que las navidades ya no eran lo mismo de antes.

No sé si al crecer se pierde la magia, esa chispa navideña, o si más bien empiezas a valorar otro tipo de cosas, por ejemplo la familia, los verdaderos amigos, el tiempo y el simple hecho de estar un año más acá en este plano terrenal.

Vivir cada momento como el último

Este pequeño grinch tiene su motivación, su forma de celebrar y vivir la navidad, aún me fascina la natilla y ahora sí con buñuelo incluido, extraño las chispitas mariposas pero soy un “adulto responsable” y sé que con ese no se debe jugar.

Hoy simplemente quise contarles algo de mi leve existencialismo navideño y de paso decirles que no importa cuál sea su forma de vivir y celebrar está época, pero vívanla, gócenla en familia, solos, con los perros o los gatos, con sus parejas, con sus amigos, coma uvas y pida deseos, escríbale al Niño Dios, corra con la maleta, de besos bajo las guirnaldas y, sobre todo, agradezca que sigue aquí.

¡Ah! y coman mucha natilla que estos kilitos de más lo bajamos el próximo año.

 

 

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