Los servidores olímpicos

La última vez que viajé de Cali a Bogotá casi me deja el avión. Sucedió hace tres semanas. Llegué 45 minutos antes de tiempo para hacer el check-in y, para mi sorpresa, en la fila no había casi nadie. Solamente seis personas estaban delante mío. De un momento a otro un personaje con la fisionomía de Topo Gigio (bajito, panzón, con bigote y sospechosamente tierno) empezó a llamar a sus amigotes:

– ¡Henry, venga que aquí le estoy guardando el puestico!
– ¡Don Élber, apúrese para que no le toque hacer toda la cola!

Entonces varios personajes que respondían a nombres como Nelson, William y Marlon fueron llegando, uno por uno, directamente al comienzo de la fila, vestidos con pantalones de paño y camisetas (si, camisetas, blancas y de algodón) que decían “XV Olimpiadas de Servidores Públicos”. Ahí lo entendí todo: ahora resultaba que los que trabajan en Emsirva, Indervalle y la Secretaría de Turismo, ya no eran empleados sino servidores por cuenta de unos juegos deportivos. Y ese pequeño detalle semántico, a no ser de que se tratara de la delegación de ping-pong, caracterizada por sus pésimos servicios sobre la mesa, me hizo intuir que tendría que esperar más tiempo de lo normal.

Como si estuviera sacando una contraseña en la Registraduría, veía cómo varias personas se saltaban su turno por el afán de viajar. Muchos llegaron con varias bolas de bolos dentro de sus maletas, y al ver que la báscula marcaba más de 20 kilos, siguieron con sus triquiñuelas:

-¡Milton! Usted que no lleva casi nada en su equipaje, coja esta bola y métala como si fuera suya.
-¡Émerson! ¿Cuánto marcó su maleta? Lléveme estos zapatos que me va a tocar pagar sobrecupo…

Ante la mirada atónita de los que esperábamos pacientemente como si fuéramos a hacer un reclamo por la factura de acueducto, todos los funcionarios empezaron a sacar sus implementos deportivos para meterlos en otras maletas, con la habilidad del que sabe qué es lo que hay que hacer para evitar los rigores de cualquier trámite.
Entonces me puse a imaginar cómo sería el desempeño de nuestra gloriosa delegación de servidores públicos en aquellas olimpiadas: supuse que los oficinistas de la Industria de Licores del Valle no tendrían problemas en colgarse la medalla de oro en tiro al Blanco, dada su incompetencia en el mercado nacional de los aguardientes; me imaginé a los funcionarios del Batallón de Alta Montaña No. 3 asegurando el primer lugar en la categoría ciclística de persecución por equipos, siempre y cuando disputaran la final con el equipo de la DIJÍN; y al menos dos deportistas del Concejo de Cali tendrían que estar en el podio de las carreras de relevos, ya que sus habilidades para cambiar puestos y manipular los testigos a conveniencia son bastante conocidos.

No había duda. Nuestra fuerte delegación iba a ser protagonista en la parte alta de la tabla, todos tenían un semblante ganador y, lo más importante, Juan Carlos no los había salado con alguna campaña mediática que ridiculizara ante el país. Y eso, sumado a su irresistible malicia burocrática, es suficiente para ganarle a cualquiera en tramposa lid.
Cuando por fin terminaron de colarse todos los empleados públicos me calmé. Hice el check-in, fui al muelle nacional y entré al avión. Cuando estaba sentándome oí cómo la azafata llamaba por altoparlante a un tal Aldemar. Al mirar quién era me sentí realizado: se trataba del personaje con fisonomía de Topo Gigio (bajito, panzón, con bigotes y sospechosamente tierno), el mismo que había colado a todos sus amigotes, y a quien hicieron devolver para revisarle su equipaje minuciosamente. Lo bajaron del avión por mula (o por burro, por haber llamado tanto la atención jodiendo la vida con las bolas de bolos, en vez de llevarlas como equipaje de mano). Y lo dejaron allá. La justicia divina sí existe.

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