Columna: Otra vez, los dedos en la boca.

 

Columna: Otra vez, los dedos en la boca.

 

 

El pasado 26 de agosto fui jurado de votación. Me senté en la mesa que me asignaron y lo primero que encontré fue un documento a nombre de Juan Carlos Galindo, Registrador Nacional, donde me agradecía por pasar la próxima jornada al “servicio del país”, rematando sus párrafos con abundantes signos de exclamación, así: ‘!!!!!!!’. Y no exagero. Tras leer la emotiva carta del Registrador, pensé: Todo sea porque esto se gane y le haga bien al país. Dejé el documento de lado, burlándome del triste intento por simpatizar con los jurados que simplemente no querían estar ahí.

La jornada transcurrió con normalidad. Los otros cinco jurados, compañeros temporales, rara vez abrían la boca para comentar su indignación y esperanzas con la Consulta. “Ojalá alcancemos el umbral”, “la gente ya está mamada de esos abusivos”, comentaban indignados y esperanzados. Irónico balancearnos en las utopías que nos imaginamos antes del conteo, para estampillarnos contra nuestra propia desgracia. Al final de mi mesa, 212 de 390 sufragantes de la lista asistieron y ejercieron su derecho al voto. De esos, 194 fueron un sí rotundo en cada uno de los 7 puntos. Si la intención estaba ridículamente balanceada por equilibrar un poco el marco político del país, deberíamos preguntarnos qué pasó y por qué, a pesar de eso, no ganamos.

Lo que empezó poco a poco a cambiar.

Ya deberíamos acostumbrarnos. Venimos de una tripleta desdichada de votaciones; congreso, presidencia con segunda vuelta y ahora la Consulta Anticorrupción. A Fajardo le faltaron alrededor de 300.000 votos para cambiar un poco el rumbo de la política en el país; a la Consulta le faltó eso y unos 200.000 más, tampoco gran diferencia. En otras palabras: otra vez, los dedos en la boca.

Pero nadie nos mete los dedos a la boca; somos tan (in)capaces nosotros mismos, que lo hacemos solitos.

Sin embargo, y con un sentido muy idílico del asunto, lo único que demuestran los resultados del plebiscito, de las elecciones presidenciales y de la Consulta Anticorrupción, es que poco a poco mordemos más duro esos dedos; eventualmente, tendrán que recoger la mano completa. Pero por ahora no es suficiente.

Y no lo es, les cuento por si no se la sabían, por una ley que tiene mi edad: nacida en 1994, la ley 134, la que nos puso el yugo diciendo que el umbral es de “no menos de la tercera parte de los electores” en el caso de la consulta popular. Como para que nos calmemos y sepamos que eso nadie se lo inventó el mes pasado.

La estocada final.

Al final de la jornada, no sabía si sentirme derrotado, casi-ganador, o frustrado por el constante ‘guayabo electoral’ del 2018. Cerramos la mesa, entregamos los paquetes al representante de la Registraduría, y nos llevamos a casa un sabor amargo por los resultados que algunos leían desde sus celulares.

Lo que sí nos duele en el corazón, es que hayamos estado tan cerca de alcanzar la meta. La Consulta tuvo más votaciones que Iván Duque en las últimas elecciones. Cuando esto ocurre, puede que sea necesario identificar un problema estructural, ético y/o pedagógico en el país. ¿Por qué? No tiene sentido que tanta gente vote en contra de la corrupción, y unos meses atrás eligiera el corte político de toda la vida para seguir gobernando, el que nos ha metido en esta cochina mermelada que nada parece deshacer.

Columna: Otra vez, los dedos en la boca.

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