#Columna: Vuelo en casa

 

Se hace difícil volar, cuando las alas las tienes pegadas al pavimento, y la mente se encuentra naufragando entre lo entrañable de las raíces y la añoranza de ese éxito que parece prometer la lejanía. Dos fuerzas prisioneras en un solo pensamiento, tan solo las divide un escaparate colmado de incertidumbres. Cada una, la raíz y la lejanía, adolecen del desasosiego que observan en aquel espejo cruel que desconoce la sutileza, y suelta verdades inclementes, que solo dilatan la holgura de esa mitad divisoria, alimentando el miedo.

Todos de algún modo, tenemos la convicción de que nuestra vida tiene mejores garantías en el exterior, y sucede de manera más dramática en la generación coetánea. Si bien la situación interna del país es compleja, emigrar bajo ese marco de frustraciones e impotencia, solo robustece la desidia y la indolencia colectiva, soterrada bajo el pecho palpitante, de quienes solo se sienten propios de esta tierra cuando la tibieza de sus gargantas anuncia un gol de Colombia, hasta desgañitarse.

El individualismo no se debe satanizar, cada quien es dueño de sus designios, pero resulta enfermizo cuando éste deja subordinado a lo gregario de forma tan aplastante. Solo somos masa cuando de fútbol se trata, y bajo este hipnotismo se cuecen en el gobierno reformas sociales infames, y la gracia, la impetuosidad y la vehemencia que practicamos para aquella fiesta deportiva, se queda anquilosada cuando de luchar en contra de las injusticias se trata.

No, no estoy en contra del fútbol, ni de ningún otro deporte o divertimento. Pero para ser equilibrados, sería ideal imprimir igual interés a lo trascendental, como a lo recreativo.

Levantándome del andén y siguiendo la marcha me pregunto, ¿qué mueve a esta ciudad? ¿qué mueve a esta nación? La verdad creo que la respuesta no puede enfundarse en palabras, pues, aunque el panorama en términos globales no es alentador, es cautivante apreciar a la gente sonriente, presurosa por las aceras.

Ver en estas lánguidas avenidas cómo el rojo de un semáforo, da paso al inicio de un show circense, mientras que voces vociferando nos invitan a refrescar el paladar con Bonice, helados o a recargar las pilas con Red Bull. Yo pienso, ¿pa’ que Red Bull si tenemos el jugo de borojó? Tras una bocanada de este suculento elixir y de conseguir la ñapa, sigo mi rumbo y me percato de que aquella esquina sureña, está acompañada de una mujer mayor sujetando en sus manos ensombrecidas un termo de tinto, esperando que los oficinistas de la zona terminen su jornada y se den cita con su café, que nada tiene que envidarle al de Starbucks.

Todo tipo de artesanías, de delicias gastronómicas encuentro exhibidas en la vitrina más democrática, la calle, y mientras mi móvil reproduce ¡ay que dolor! de la Derecha, recordando que Mario Duarte deseaba ir a Nueva York, me pierdo en la luz del ocaso, me siento levitar y obtengo una visión cenital que me exhorta a volar en este territorio.

 

Autor: Laura Marcela González

 

 

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