Juan Manuel Rodríguez Bocanegra
@Vieleicht

Está sentada en la terraza de un café, y a pesar de que hace sol, le parece que el día está un poco gris. Luego de darle un sorbo a un café que ya está frío, saca el celular del bolsillo interior de su chaqueta.

“Dejen de publicar tanta pendejada. No me interesa saber lo que ocurre con sus vidas”, escribe Antonia Leal y luego pincha el botón, para publicar ese pensamiento, a modo de tiro al aire, que le salió de la cabeza.

¿Qué pretende con ese arranque de rabia, con ese grito lanzado a ese espacio lleno de voces, pero a la vez tan vacío que es internet?
Evidenciar su molestia. Eso cree.

Está harta de enterarse, minuto a minuto, si fulanito o zutanita está feliz o triste, dónde está, qué comió, si le agradó el lugar que visitó, cuál fue su último viaje, verlo(a) bailar de forma ridícula. Ya no quiere saber de sus conteos ni cuentas regresivas cargadas de expectativa barata, sus últimos logros, o lo que se le ocurra publicar.

En el fondo Leal sabe que su pataleta no tiene sentido y es una paradoja, pues el simple hecho de dejar constancia de que no le interesa saber nada acerca de sus amigos y conocidos, deja claro que, de una u otra forma, está pendiente de ellos y sus vidas.

El día anterior había leído una columna de opinión bien escrita pero venenosa, que trataba el tema. “¡Sí, así es!” Había pensado al terminar de leer el texto, pero tiempo después, pasada la euforia del encontronazo con el escrito, cayó en cuenta de que es un tema simplón, una salida fácil para el columnista, producto quizá de un plazo de entrega apremiante o simple pereza. Un lugar común en el que muchos, al igual que ella, se atrincheran para criticar al resto de la humanidad.

Lo mejor, piensa, sería escarbar los motivos de ese comportamiento, conocer las razones de ese afán de reconocimiento que todos llevamos encima y que aplica para lo que sea que hagamos, pero Leal carece de conocimiento, o de ganas para emprender esa tarea.

Su celular vibra y suena al mismo tiempo. Apenas lo desbloquea, una descarga de dopamina le inunda la región del cerebro encargada de procesar la aceptación social. María, Jacinto, Carolina, y otras cinco personas, le han dado me gusta, corazoncito, en fin, alguno de esos gestos virtuales de afecto a su publicación.

Sonríe y vuelve a guardar el aparato en el bolsillo.