“El sonido de los Becarios” en el Festival de Música Clásica Cartagena 2012.

“El sonido de los Becarios” en el Festival de Música Clásica Cartagena 2012.

Foto. Cartagena IV Festival Internacional de Musica / http://www.cartagenamusicfestival.com

“Al maestro de flauta tiene concierto hoy y se le cayó un diente. Por eso no vino a dar clase hoy, parece que salió a bucear  y ahí fue el accidente ¿Quién sabe cómo va a ser para el concierto de la noche? Pues es bien diferente tocar así”, este es uno de los comentarios  pintorescos de los jóvenes becarios del Festival de Música clásica de Cartagena. Creo que esta observación es producto de la magia y exuberancia propia del Caribe, a la cual Gabriel García Márquez llamó “Macondo”, para referenciar a esos hechos en donde la realidad supera la ficción.

Estos jóvenes están ahí gracias  al Programa de Clases Magistrales  del Cartagena Festival Música Clásica, el cual se lleva paralelo a los conciertos del festival, buscando que ellos tengan formación con los artistas nacionales e internacionales invitados, el programa cuenta con más de 500 beneficiarios de todo el país. La convocatoria se abre para estudiantes entre los 18 y 25 años, y para profesores de música activos pertenecientes a algún programa de formación musical a nivel nacional sin límite de edad, donde los candidatos envían un video de máximo diez minutos, con dos movimientos (parte de una composición) de tema libre.

Los becarios se dan cita para estudiar de 9 am a 5 pm en el Claustro San Francisco (Getsemaní), una amplia casa colonial de dos pisos, con una fuente de agua principal, cuatro robustos árboles que la circundan y un hermoso cielo azul custodiándolos, saliendo de sus balcones múltiples sonidos que se entremezclan de piano, flauta, violín, clarinete (de los que logro identificar), indicando de manera única el arte en el ambiente.

En medio de tanto entusiasmo musical, en una silla junto a uno de los tradicionales árboles, están Cristian Rodríguez (23 años) y Cristhian Cortes (19 años), ambos practicando el Violonchelo con unas notas de Vivaldi, su mirada fija en las partituras, dan cuenta de su concentración, Rodríguez nació en Medellín, cursa sexto semestre de licenciatura en música en la Universidad de Antioquia, Cortes nació en Bogotá lleva 12 años estudiando el chelo y este semestre va a ingresar a la música en la Universidad Javeriana.

Rodríguez es moreno, tiene pelo corto, viste una camisa manga larga y pantalón negro,  Cortes es trigueño, tiene pelo enchurcado, viste una guayabera y pantalón blancos, ambos tienen una gran sonrisa en el rostro, las cuales aparecen espontáneamente en la charla que sostuvimos.

En medio de la práctica de los chelistas irrumpe Martín Ramses Guzmán, un joven pastuso que toca el piano y les dice que mejor ensayen “España”, en vez de Vivaldi, para que puedan hacer una improvisación, ellos inmediatamente aceptan la sugerencia. Aprovecho para preguntarle qué es lo bueno de ser becario y me dice: “En Pasto no hay desarrollo de la música académica, los espacios son reducidos. Aquí están los mejores del mundo, nos escuchan y nos corrigen la parte musical y la parte técnica”.

Ya son las 12 meridiano,  he pasado  parte de la mañana con ellos escuchándolos tocar o mejor jugar (en inglés sería el verbo play que significa jugar), los llaman a  almorzar, rumbo al restaurante, le pregunto Cristian Cortes qué siente al tocar y con una sonrisa plena, me dice: “el sonido me tiene feliz, es como comer. El chelo es como una cajita de secretos, la abro y sale la música”, comenta que el chelo reemplaza a la voz humana en la familia de las cuerdas, siente que tomar clases con los maestros es “legendario”, la musicalidad (conjunto de características rítmicas y sonoras propias de la música, es decir elaborar sonidos puros) es más a fin con él, que con el virtuosismo ( tocar rápido y que salgan sonidos limpios), su ingreso a la música fue a los 7 años cuando su mamá se da cuenta que tiene gusto por lo musical.

Por otro lado, Cristian Rodríguez dice que empezó con la guitarra “yo llegué tocando ‘mi cacharrito’ de Roberto Carlos”. Luego por cosas de la vida, conoció a una violista muy carismática y le hizo sentir gusto por el violín, pero pensaba que era un instrumento  muy pequeño para su cuerpo, así  se sintió más cómodo con el chelo, comenzando a las 15 años,  y al igual que Cortes dedican más de seis horas diarias a practicar.

Estos muchachos comparten que siempre están buscando tocar, más que carreta. Terminan su almuerzo junto con otros jóvenes, en donde con frescura no se habla más que de tocar y de partituras, se dirigen a sus chelos y Rodríguez dice: “vamos a tocar con más gusto, porque siento que  no lo hicimos también ahora”, mientras se dirigen  a donde practicaron en la mañana Guzmán (el pianista) les dice, que ya está listo para tocar.

Ellos son los únicos dos chelistas becarios que ganaron la convocatoria y las coincidencias no son sólo por el gusto al chelo, sino ambos se llaman Cristian (uno tiene hache), se ríen al pensar que son homónimos, que no se conocían…por las coincidencias de  la vida.

Estos dos tenaces becarios, son sólo una muestra del futuro de la música clásica y de nuestro país, los cuales a través de sus sonidos, disciplina y alegría forman sus vidas, esta breve contacto con estos personajes nos habla cada vez de la necesidad de convocar a  más jóvenes a hacer parte activa de la cultura viva de un país, con este tipo de eventos y con una política pública que incentive la formación de nuevos talentos.

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