#Columna: Ansias de inmediatez   

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Prendo el portátil. Aunque no parezca, es un modelo viejo con más de 8 años de uso. Siempre que lo enciendo noto cómo cada vez se demora más en abrir los programas. Cuando tengo mucho afán —No sé por qué, pero suelo llevar uno inexplicable—me explayo en diferentes insultos hacia el aparato, los cuales, claro está, le resbalan.

Muchas veces pienso en ese día en el que va a sacar la mano, aquel en el que cansado de mis quejas, va a entrar en una especie de huelga y se va a quedar cargando una aplicación hasta la eternidad.

Hay ocasiones en las que adopto una táctica inversa a la de los insultos y lo trato afectuosamente, esperando que mis palabras cariñosas le den un impulso a ese procesador viejo y cansado que lleva por dentro.

Hace poco, mi hermano compró por internet un disco duro de estado sólido. “¿Un qué?”, le pregunté cuando me contó, y me explicó que es una de las últimas tecnologías en discos duros, que hace que el computador funcione a toda velocidad. Ese día me hizo una pequeña demostración, y pude ver cómo los programas abrían de inmediato, luego de que él hiciera doble clic sobre sus íconos.

Parece que deseamos que todo ocurra ya, y las ansias de que el resultado de cualquier actividad sea al instante, nos persiguen; como la lectura rápida, por ejemplo.

¿En dónde quedó eso de disfrutar una lectura leyendo despacio, intercalándola, por ejemplo, con sorbos de una bebida caliente?

Uno de los fines del método, es aumentar la cantidad de palabras que leemos por minuto. Un lector normal, o no rápido digamos, está en capacidad de leer alrededor de 160 palabras por minuto, y se supone que si se entrena, puede llegar a leer el doble de palabras en la misma cantidad de tiempo.

Buscando información sobre el tema, me encuentro con una página web que da unos tips para meterse de cabeza en el mundo de la lectura rápida.

Una de las indicaciones dice que debemos leer sólo la parte superior de las palabras, es decir como si trazáramos una línea horizontal exactamente por la mitad de ellas y borráramos el residuo de letra que queda por debajo; entonces de la p solo leeríamos su barriga, y la x la veríamos como una v pequeña.

También sugieren evitar devolverse a leer palabras o frases por falta de atención, algo que muchas veces me ocurre o que hago solo porque el escritor utilizó una figura muy precisa, que leo y releo hasta quedar saciado del gran acierto narrativo.

Imagino que nuestras ansias de inmediatez están relacionadas con la glorificación que le damos en estos tiempos a la eficiencia, eficacia y productividad, cuando también deberíamos preocuparnos por desarrollar y entender mejor el fino arte de “cogerla suave”.

Así vamos por la vida, queriendo que todo ocurra al instante, sin demoras, como si tener que esperar estuviera fuera de moda.

 

Juan Manuel Rodríguez Bocanegra

@Vieleicht       

 

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