#Columna: ‘Cali 71’, efigies de un pasado prometido

#Columna: ‘Cali 71’, efigies de un pasado prometido

 ‘Cali 71’, efigies de un pasado prometido

Nada ha sido como debía ser. Ya no queda nada de la bucólica Cali de antaño, pero cómo iba a quedar después de que la violencia se ha sabido enquistar en ella y en cada comisura de esta nación. Esto es lo que se pudo encontrar en la exposición que tuvo lugar en el Museo La Tertulia ‘Cali 71’, permitiendo contactarnos con el pasado, narrando con evidencias multimedia un ayer que muchos desconocemos y otros han dejado extraviar en los recovecos de la memoria.

7 de agosto de 1956, día en el que estallan 6 camiones cargados de dinamita que se hallaban en la plazoleta del antiguo ferrocarril del Pacífico; se trata de un atentado contra el gobierno del entonces presidente Gustavo Rojas Pinilla, el cual arrasó con todo: 60 metros de diámetro, por 25 de profundidad. La destrucción de la ciudad es monumental y es la guerra quien habla.

A la ciudad le cuesta ponerse de nuevo en pie, pero intenta decididamente despercudirse del fatídico suceso y hacerle frente a la fatalidad; los esfuerzos son lentos y de pasos cortos, pero siempre queda estrenar el siguiente día, con la eterna promesa de que todo va a estar mejor.

El trasegar del tiempo se precipita, llega 1971 y en Cali se cuecen grandes transformaciones, muchas de ellas tejidas por grandes artistas locales como Andrés Caicedo, Carlos Mayolo, Luis Ospina, Enrique Buenaventura, Oscar Muñoz, entre otros; entonces se piensa a Cali como una ciudad abierta, donde el cine, la literatura y demás manifestaciones artísticas están en boga.

La Guerra Fría ha repercutido en toda América Latina y aunque Cali se encuentra en ciernes después de aquella explosión, toda esta revolución artística emergente la convierte en la meca del arte en la década de los 70.

La pobreza y la desventura sobrecoge a muchos habitantes afligidos por el desplazamiento, el racismo está en la palestra, mientras tanto, el gobierno nacional y local planea disponer de la ciudad para Los Juegos Panamericanos y para llevar a cabo este objetivo, se invierten gruesos capitales en aras de renovar la ciudad, para que esta tenga una “cara bonita” para el extranjero, sin tener en consideración a la población, sus condiciones sociales y sus verdaderas necesidades.

El disgusto del pueblo entra en hervor en un contexto sociopolítico álgido, donde las movilizaciones en distintos países Latinoamericanos, los enfrentamientos con el Estado y las disparidades ideológicas están tocando el clímax.

El 25 de febrero del 71 se firma el contrato con el Banco Interamericano, simultáneamente, una marcha multitudinaria de estudiantes de la Universidad del Valle en contra de la gestión del entonces rector de la universidad se agita pacíficamente en lo que se conoce como ‘la toma sin bolillo’, hecho que desemboca al día siguiente en la militarización de la universidad. Para situaciones desesperadas, medidas desesperadas, así es como ese 26 de febrero se impone toque de queda desde las 2 de la tarde.

La rebelión de los estudiantes es una realidad y a ella se suman comunidades indígenas y sindicatos, en la premura por alzar la voz en contra de un sistema que no los representa, no demuestra respeto y parece ir en contra de su ciudadanía.

Las arengas y las confrontaciones se debaten en un pulso entre La Fuerza Pública y los estudiantes, que encuentra su culmen con la muerte del estudiante Édgar Mejía, lo que provoca un torbellino brutal que atraviesa la ciudad en franca rebeldía contra las fuerzas del estado, una comprensible sedición de la comunidad.

La planeación de Los Juegos Panamericanos sigue en marcha, así como la construcción del aeropuerto y la terminal de transportes, siendo esta última la primera terminal en todo el país y además la primera construcción con escaleras eléctricas en todo el territorio nacional. Por otro lado, la idea de lo que sería La Feria de Cali estaba a punto de ver la luz y mientras un número ingente de personas lloran a los suyos, víctimas de la violencia y la injusticia, se creaban fosas comunes. La paradoja de la vida sin un ápice de pudor, de ahí el dicho “el muerto al hoyo y el vivo al baile”.

Cali sufre un trastorno esquizofrénico entre su pretensión de ser la sede de Los Juegos Panamericanos, el epicentro de la modernidad, las movilizaciones masivas contra las problemáticas que le aquejan y el desenfado artístico en manos del colectivo ‘Ciudad Solar’, iniciativa de Caicedo, sus amigos y colegas, quienes se proponen retratarla en su estado más espasmódico.

Este tipo de exposiciones nos da la oportunidad de abrir la puerta al ayer, que más que una puerta, resulta ser una caja de Pandora, el escaparate que nadie quiere revisar, pero que nos permite conocer y establecer una conversación con realidades que nos preceden y nos otorga una visión nueva de la ciudad, del ejercicio de ella en el presente y de lo que podemos construir para el futuro, un futuro que presumimos lejano y sin dueño, pero que será el resultado del accionar de los que hoy la habitamos.

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