#Columna: Cuestionemos a ‘Yo soy Betty, la fea’

#Columna: Cuestionemos a ‘Yo soy Betty, la fea’

Cuestionemos a ‘Yo soy Betty, la fea’

 

Dicen que la belleza es una construcción social, que está definida por estándares que asumen lo que significa ser perfecta, físicamente hablando. Yo, al igual que muchas, quiero romper con esa tradición que Las muñecas de la mafia y Sin senos sí hay paraíso me vendieron en la televisión colombiana.

Si el objetivo de la televisión de este país es reflejar el arte cotidiano a través de sus personajes que se asemejan a la realidad, entonces probablemente las mujeres solo sean bonitas con senos grandes, y solo puedan alcanzar el éxito siendo las esposas de un narco. ¿Fácil no?

Precisamente para esto es que no nos estamos educando. Es hora de empezar a ser críticos con lo que consumimos porque no todo lo que nos venden es sano y no todo lo sano es consumible. Para esto es necesario reconocer que sí hubo un buen trabajo por parte del creador y libretista Fernando Gaitán, quien a través de la novela ´Betty La fea´, rompió récord de audiencia en la televisión nacional, pero que efectivamente siguió con los estándares de una novela con un final feliz.

Sin embargo, ¿Qué es lo que tiene Betty que a los colombianos enamora?

Se supone que “la fea”, interpretada por la actriz Ana María Orozco, representa eso que sentimos las mujeres cada vez que nos miramos al espejo y nos damos cuenta que no coincidimos en esta vida. Además, el performance del personaje está tan moldeado a la mujer “nerd”, con peinados exóticos, frenillos y hasta acné, que un parecido con la realidad sería pura coincidencia.

Como se dijo anteriormente, todo lo que recrea la televisión colombiana suele asemejarse a la realidad cotidiana. Este caso no fue la excepción. El drama representado, la comedia y el discurso contenido es una lección muy violenta, pero crítica, para decirle a las mujeres que constantemente cuestionan su apariencia física que la única manera de arreglarlo es ajustándose a los parámetros estéticos que hoy en día catalogan a la mujer promedio.

He aquí el récord de las cirugías estéticas. Algunas mujeres ahora se sienten en la capacidad de modificar su apariencia como prefieran para parecerse más a lo que los demás quieren, y eso no está del todo mal. Lo que sí esta mal, es que Betty sea el inicio de toda una conspiración femenina que defiende el derecho de ser aceptada tal cual como es, pero que finaliza en que para poder agradar a los demás igual debe “arreglar” su físico porque no está cómoda con quien fue antes.

Si observamos bien, esta es la típica historia de la fea que se vuelve bonita y triunfa popularmente. Y sí que la hemos visto en repetidas ocasiones. ¿Se acuerdan de series como Patito feo o Mi gorda bella? Ahí está la respuesta. Es un indicador de que sí era necesario recrear dicha fantasía. Total, lo que importa es el rating.

Los medios de comunicación lo saben. Es más, se esfuerzan por gritarlo y apoyan hasta lo más mínimo con afirmaciones como: “Al menos, uno de los sentidos que tuvo (Betty) fue el mostrar que ser bella en nuestra sociedad ha sido un valor construido desde un punto de vista masculino y adoptado condescendientemente por las mujeres”.

Digamos que más o menos. Pero, no se puede dejar de lado que hablamos de una obra que apostó en el terreno de lo sentimental. Tal como pasa cuando escuchas a The Mills o ves el Titanic en repetidas ocasiones. Pensemos qué nos une como sociedad y más si hablamos de un tema que moviliza a gran parte de las personas emocionalmente. A quién no han llamado fea en el colegio o a quién no han rechazado una hoja de vida por no cumplir los estándares establecidos.

Bienvenidos a la realidad. Nos vendieron la crítica a los estándares de belleza, pero efectivamente no hubo representación de esta reflexión en el final de la novela. Total, Betty se volvió “bonita” y junto con ella, su vida, sus ingresos, y el amor. Nada distinto a las novelas mexicanas o hasta las turcas. ¿Por qué siempre nos acostumbran a ese final feliz?

La verdad es que yo esperaba que Don Armando se enamorara de los frenillos y la risa desencajada de Betty. Que al final vivieran en una casa humilde, sin lujos y dinero. Y que, si tanto amor sentían uno del otro, pues se aceptaran tal cual como habían quedado, total el amor lo puede todo ¿no? Pero no fue así.

Sin embargo, no desmerito el excelente trabajo y la creatividad con la que Gaitán dirigió esta obra. Por algo, los colombianos se sintieron tan identificados y después de 20 años seguían repitiéndola.

Quizá fue el cruce de emociones. El tema tan marcado de género que indudablemente representaba Beatriz Pinzón Solano, nos trasportaba a ese papel fundamental de la mujer en sociedad, la mujer en el trabajo, la mujer en la vida matrimonial, en fin. Una telenovela por y para los colombianos. Recordada por muchos y criticadas por unos cuantos.

Y en definitiva se atrevió a burlarse de los estándares de belleza con la construcción de personajes bastante particulares. Con una trama exquisita cargada de suspenso e incertidumbre y con un final que hubiese podido ser más crítico pero que se dejó llevar por el tradicionalismo.

 

Fotografía: Portal web Los 40

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