#Columna: Días turbios que narra mi Pepe Grillo

#Columna: Días turbios que narra mi Pepe Grillo

Días turbios que narra mi Pepe Grillo

Perdido en las membranas más convulsionadas de esta ciudad, me sorprendo en la pesadez de mis pensamientos y me pregunto ¿qué mueve este lugar? Mis calzadas andan pintadas de sueños rotos, mis ropas no hacen justicia a mi historia y mi voz, más oscura y rasgada que ayer, solo sabe pronunciar palabras de desdén. Doy tumbos por el centro y las aceras me cuentan de un ambiente envuelto por la calina que imprime el astro del día, de las penas de los desahuciados y de la desidia de los particulares.

La fragancia nueva, el regocijo del pueblo y su murga matutina, la cordialidad de los abuelos y la inocencia de los niños parece desistir de su presencia. Ahora el alba se asoma tibia y trasnochada, las miradas gastadas se esquivan entre la multitud, la desdicha de los yonkis y deprimidos vagan hacia un destino que juega con su suerte, el karma y otros caprichos del azar, las mujeres vendiendo besos ciegos y cuerpos inflamados de dolor en las esquinas y el desgraciado presente de los infantes augura con insolencia un mañana sin futuro.

Huyo de casa, donde está nadie, todo se ha marchado ya, todo a tiempos remotos. El cerebro me anuncia la batalla galopante y planto cara a los monstruos de los que me he encartado en mis edades sin saberlo, pero presiento que solo yo seré el encargado de derribar estos miedos taciturnos, erigirme como un asesino de gigantes, esos que me humillan hasta morder el pavimento.

Lucha continua, siempre vigente, pues la parca anda harta en desespero por tenerme a su vera, a pasear a su huerto ardiente, tapizado de cristales y criaturas malditas; sé que estoy condenado a vencer o morir, pues claudicar sería la sentencia definitiva de perder la cordura, robando el aire de los valientes, divagando con las luces de neón, testigos de tantos amantes perecederos, de la inconsciencia de los borrachos y de la avaricia de un sistema y sus anuncios banales tan machacantes… en fin, de una vida fútil y sin rasgos de juicio.

Nada nuevo se revela ante mis ojos, el agua ya no me sirve para limpiar mis ideas, refrescar mi memoria, saciarme de vida o borrar las desventuras de mi pequeño cuerpo maltrecho.

Los padres están huérfanos, las madres solo suspiran ante sus criaturas sin tiempo, las abuelas se desvelan apreciando cómo la vida se les escurre entre los dedos y yo… yo me siento en el asfalto, me cargo de una bocanada de aire, tomo un gran trago de agua fría y me propongo erguir mi cabeza, abandonando mis líneas mentales, dejando el conductismo que se me ha enganchado y reafirmo mis botas, iniciando un ritmo distinto y comienzo la marcha.

 

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