#Columna: El baile de los que sobran

#Columna: El baile de los que sobran

El baile de los que sobran

Recuerdo con enorme entusiasmo esta canción, de aquel grupo chileno, que nos puso a bailar, gritar y patear piedras, con sus irreverentes y extrañas letras. Al principio, fue la canción de moda que toda la juventud de finales de los 80 escuchaba, pero con el tiempo entendí, algo trascendental del rock y especialmente del rock en español de esos años; eran la expresión cultural de la inconformidad con el sistema y con todo el aparato de represión cultural, religiosa, social y política.

La letra de dicha canción, hablaba nada más ni nada menos, de las nulas posibilidades que los jóvenes de escuelas públicas y de escasos recursos económicos, tenían de conseguir trabajo, de expandir sus horizontes emocionales e intelectuales, y de poder ingresar a la universidad para tener real oportunidades de crecer, prosperar y ser la luz en su vida y para el mundo.

Lo triste y perturbador hoy en día, es que aún, después de 30 años de esa magistral y memorable canción, aún siga vigente su letra y el sentido de su protesta; y lo peor, se agrava con el paso de los años la terrible situación de los jóvenes en Colombia y especialmente en Cali, que con un sistema de educación clasista, obsoleto y paupérrimo, queremos formar ciudadanos de bien, emocionalmente estables, creativos, inventivos y emprendedores.

Veo en los jóvenes, unas ansias enormes de salir adelante, de crecer personalmente, de prosperar y expandir sus horizontes en esta mundo lleno de experiencias de vida y de conocimiento. Sin embargo, se topan con enormes dificultades para poder acceder al mínimo de oportunidades, ya que su formación educativa, sus notas, la falta de hablar el idioma inglés o una segunda lengua, no les da siquiera para postularse a una universidad o a un empleo formal y digno.

De entrada, tienen por delante enormes obstáculos, para ser partícipes activos de la sociedad, por eso se resignan, se marginan y se pierde una generación de jóvenes. Luego les exigimos que voten, paguen impuestos, sean productivos, éticos, no roben, no maten, no sean violentos, cuiden el medio ambiente, etc. Con que argumentos, me pregunto yo, exigimos tales cualidades y capacidades, si no aportamos como estado y sociedad al crecimiento y desarrollo armónico de ellos. Y vuelve el círculo maligno de las culpas y responsabilidades diluidas y compartidas.

¿Qué hacer? De entrada, reformularnos como sociedad, y entender que en la educación gratuita, de calidad, incluyente, diferenciada, bilingüe, crítica e  innovadora, está la salvación de una Colombia decadente, pobre y de nulas posibilidades. Pero no lo es todo, debemos fortalecer el emprendimiento, a las empresas, la industria, el comercio y el turismo, que son las actividades que generan empleo, requieren de personal capacitado o no tan capacitado, demandan de emprendedores, de servicios técnicos y tecnológicos, y que mueven la bolita de las oportunidades y de la redistribución de la riqueza.

No es fácil, es sumamente difícil y tiene enormes amigos y enemigos, pero es algo que ya debemos poner sobre la mesa, en todas las discusiones, foros y debates, de manera que entre todos los actores de derecha, de izquierda, de centro, gremiales, sindicales, estudiantes, profesores, académicos, intelectuales, comunidades indígenas, negras, y el Estado, sienten de manera conjunta, no unánime, los cimientos de una nueva estructura educativa, de empleo, de empresa, de emprendimiento, que dé valor agregado a los jóvenes, genere progreso y redistribuya el ingreso; para una Colombia con más oportunidades y más equitativa.

NO NOS QUEDEMOS PATEANDO PIEDRAS

 

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