#Columna: El don de la ubicuidad

#Columna: El don de la ubicuidad

#Columna: El don de la ubicuidad

Se supone que Dios es el único que posee el don de la ubicuidad, esa posibilidad de estar presente en muchas partes al mismo tiempo; bueno Dios y el narrador omnisciente, ese dios de los relatos que está en todos los lugares de una historia, y que puede contarnos lo que sea sobre cualquier aspecto de esta o el detalle más preciso de cualquier personaje, como un recoveco de su personalidad, o lo que piensa en determinado momento. Se podría decir entonces, que la ubicuidad, definitivamente, presenta características celestiales.

No sabe uno hasta que punto es bueno contar con esa cualidad. Se me ocurre que para el adúltero(a) sería perfecta, pues le permitiría estar con su esposo(a) y su amante al mismo tiempo. Quizá de esa forma la vida sería menos complicada, pues en cuestiones del amor y fidelidad, viviríamos semi-engañados, ya que sería difícil que las aguas de los mares de la tensa calma de nuestra existencia se turbaran, pues la verdad, la completa digamos, nunca saldría del todo a flote.

¿Pero qué ocurre cuando estamos aquí y allá al mismo tiempo sin habérnoslo propuesto? Una posible manera de que eso ocurra, suponiendo que somos famosos, es enterarnos de que hemos dado una entrevista en Tokio, sin haber abandonado nunca Nueva York, porque nuestro el vuelo se retrasó.

En el libro “Aquí y ahora”, una recopilación de correos electrónicos y cartas entre los escritores Paul Auster y J.M Coetzee, el primero le cuenta al segundo, en una carta de Abril de 2010, cómo se enteró de que ambos habían dado entrevistas en lugares en los que no habían estado.

El causante de su ubicuidad fue el periodista italiano Tommaso Debenedetti, quien en ese entonces se dedicaba a publicar entrevistas falsas con renombrados escritores: Herta Müller, Mario Vargas Llosa, José Saramago, Almudena Grandes, entre otros, hasta que fue desenmascarado por Philip Roth, y se excusó diciendo que solo quería probar la falta de control de la prensa italiana en lo que a publicación de textos se refiere.

Auster, que se supone dio una “entrevista” en enero de ese año, afirmó estar más confuso que enfadado, y le preguntaba a Coetzee: “¿Por qué se tomaría alguien la molestia de inventar encuentros con escritores que, como sabemos, son la gente menos importante del mundo?”

De todas formas, queda claro que la única forma de lograr el don de la ubicuidad, al no ser dioses, es a través de un narrador mentiroso y habilidoso como Debenedetti, que logra ubicarnos en cualquier lugar del mundo y, no solo contento con eso, a la vez nos charla animadamente.

 

 

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