#Columna: El palo y la zanahoria

#Columna: El palo y la zanahoria

El palo y la zanahoria

Entre las consecuencias más notables de la pandemia está el desmantelamiento de aquellos mitos en los que la humanidad tenía un alto grado de certeza, por ejemplo que las gripas no matan, que el Gran Hermano es solo fantasía orwelliana o que la Casa Blanca siempre mantendrá la luz encendida. Esta incertidumbre ha dejado a las personas sin saber qué hacer ni a quién creerle; por un lado los gobiernos transmiten órdenes que apuntan a garantizar su propio concepto de bienestar general, y por otro, la necesidad empuja a una población descreída y temerosa a tomar decisiones individuales bajo su propia responsabilidad.

Fotografía por ev 

Esta duda colectiva acerca de la forma de asumir el mundo en la temprana etapa del siglo XXI, también recae sobre el derecho como instrumento tradicional del Estado para expresar su voluntad, resolver problemas y tomar decisiones. Ante la complejidad del panorama el derecho por sí solo se queda corto para someter a los ciudadanos al imperio del Estado. El derecho dice “usar tapabocas debidamente”, y las personas lo llevan en el mentón. El derecho dice “distanciamiento social” y brotan las aglomeraciones. El derecho dice “aislamiento” y muchas personas se ven obligadas a salir a la calle ¿Por qué?

Jaime Garzón en su famosa conferencia de la Universidad Autónoma de Cali, dijo en otras palabras que, declarar en una Constitución que la vida es un derecho, es como poner un letrero en el comedor que prohíba sonarse los mocos con el mantel. En la lógica de Garzón, el derecho no tiene por qué decirnos lo que debemos hacer porque ya sabemos que lo tenemos que hacer, pero ¿Qué pasa cuando sabemos lo que se debe hacer pero no lo hacemos? Ahí es donde se requiere el letrero en la pared y además la conducta ejemplar de los dueños de la casa, dicho de otro modo, se necesita al mismo tiempo al derecho y la pedagogía.

Las normas hablan de lo que carecemos y de lo que aspiramos a ser como comunidad. El derecho tiene entre sus objetivos nobles depurar las acciones del ser humano en búsqueda de la virtud. El problema viene cuando las normas son imposturas, aspiraciones ajenas a la sociedad en la que rigen, pretensiones de virtudes irrelevantes para la gente a la que están dirigidas, porque entonces terminan siendo como la canción de Kansas, polvo en el viento.

Esto no quiere decir que el código penal sea inútil en un país en el que la cotidianidad es el sicariato, pero sí que la sola prohibición establecida en un sistema de normas respaldado por amenazas resulta insuficiente para proteger la vida. Esta insuficiencia se agrava en escenarios como el del virus del corona, donde se viene a pique la credibilidad en los gobiernos y se sincronizan los factores que ponen en riesgo la supervivencia de la gente, dando paso y fermento a la justificación de la desobediencia.

Adicionalmente, el modo en que la fuerza pública está actuando ha incrementado la pérdida de legitimidad de las normas que deben ejecutarse, pues la violencia desproporcionada y arbitraria que ejerce especialmente contra los más vulnerables, profundiza la desconfianza generalizada en el Estado, en lugar de provocar el sometimiento a las reglas. En la actualidad, Estados Unidos es el mejor exponente de ello.

Ante la ineficacia del derecho para conducir la manera en la que la sociedad debe enfrentar la pandemia, los Estados están llamados a replantear las vías de comunicación y liderazgo. El fetichismo jurídico, como lo llama el profesor Darío Botero Uribe, debe dar un paso al costado para avanzar de la mano de otras áreas del conocimiento en soluciones temporales mientras la medicina hace su magia y nos saca del atolladero.

Esta crisis requiere la urgente implementación de medidas de palo y zanahoria, pues las restricciones temporales a nuestras libertades, que son de por sí traumáticas, no pueden imponerse sin medios que permitan su aceptación y acatamiento. Todo el palo que la policía ha brindado a nombre del Estado y en cumplimiento del derecho, no sirve de nada si la realidad lleva a los castigados a arriesgarse nuevamente a otra paliza porque eso significa alimento para su familia. La vida de la mayoría de personas no depende de acogerse al aislamiento obligatorio, sino de lo que su fuerza de trabajo les proporciona aún a costa de exponerse al virus, por lo que son apremiantes zanahorias como el ingreso básico universal, y el apoyo financiero real a las pequeñas y medianas empresas.

Obligar al hambriento a obedecer la norma es degradar su condición humana, es tiranía. Por eso el derecho debe venir acompañado de otras herramientas que permitan su eficacia, como la persuasión moral, la apelación al deber ciudadano, el ejemplo y compromiso de los gobernantes, las medidas de bienestar económico, la ciencia, la tecnología y por supuesto, un enfoque pedagógico. El palo y la zanahoria.  

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