#Columna: Escena congelada

#Columna: Escena congelada

Escena congelada

 

Me siento en una escena congelada, pero por un calor picante, que me ha secado el cabello en segundos.

Aquí todo es tan constante, que impresiona: los 18 pisos del edificio de la Gobernación del Valle del Cauca, la plazoleta infestada de palomas, los curiosos mirándose unos a otros; algunos turistas felices… no sé por qué, tomándose fotos; unos cuantos vendedores ambulantes y un par de niños aglomerando palomas en torno a un mísero poco de maíz que les brindan y que sus padres, seguro, compraron a algún desconocido.

De repente, una de aquellas aves me mira fijamente, con esos hermosos ojos color naranja.

Yo estoy sentada sobre el momento, sobre toda esta experiencia extrañamente mágica que estoy teniendo aquí, entre el olor a orina, el suave repicar de los timbales que toca un grupo callejero al otro lado de la calle y un gran pendón de protesta contra la Gobernación; que alguien muy osado ha tendido sobre el piso, frente al edificio.

“No lo quitan para no ser tan evidentes”, pienso, porque todo lo que hace y no hace el Gobierno, a mí me parece que tiene doble intención. Es un pendón muy grande para correrlo y fingir que no pasó nada y dice cosas muy puntuales y verídicas, como para desmentirlas.

Estoy sentada, leyendo una entrevista que se le hizo hace mucho tiempo a Luis Cano. Mi locación empezó pareciendo adecuada; pero una nube se ha movido para dejarme ver que no y hacerme quedar como la loca de cabello esponjado y camiseta hippie, que come una manzana mientras lee un libro debajo del sol más picante de Cali, en medio de la plazoleta de la Gobernación.

Las rodillas me arden, a pesar de que tengo jean. Leo y a ratos, miro alrededor para cerciorarme de que todo sigue tal cual, que todas esas personas son reales y no actúan; que, al igual que yo, simplemente hacen parte de esta maravillosa escena natural y urbana que nos envuelve en este momento.

De repente, siento miedo. Las palomas se han levantado todas al mismo tiempo y vuelan hacia mí.

No, no era hacia mí. Los sentidos me han engañado, pensando que algo sobrenatural ocurría.

Las aves se han levantado y dan una vuelta en el cielo sobre la plazoleta. Ahora lo repiten, en perfecta coreografía. No entiendo bien porqué. Pienso que, tal vez, alguien les está lanzando maíz al aire.

Vuelvo abajo mi mirada. Un hombre le mira desvergonzadamente el trasero a una mujer que pasa. No obstante, le grita algo que no entiendo. Ella se ríe. Mi respuesta es mirarlo a los ojos. Su desfachatez me indigna. Él se sorprende ante tanta peculiaridad. Quedo satisfecha, como si lo hubiera reprendido.

Hay muchos elementos en este espacio. Hay tantas vidas unidas aquí al azar: los de la fila del pasaporte, los que trabajan, los caminantes y yo, sentada en este muro, pienso: “Lástima que esté leyendo, me muero por escribir esto”.

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