#Columna: Hagamos un silencio

#Columna: Hagamos un silencio

Hagamos un silencio

 

El pensamiento, las miradas, el prado, la nostalgia, la bruma, la infancia, la oración…

todo lo contemplo en silencio,

el sosiego y la prisa, la paz y el dolor, la búsqueda y la huida, el amor y la aversión…

en todo soy sin palabras.

 

Las pantallas y sus imágenes no me dicen nada,

la murga de la calle parece banal,

la gente se está adulterando,

la mente de los niños se está percudiendo.

 

Hay mucho ruido ahí fuera y todo esto lo estoy registrando en silencio,

valiéndome de palabras mudas.

Quiero comunicarme con un afásico, quiero verme en los ojos de un invidente,

quiero besar labios callados… quiero hacerlo en silencio.

 

Hagamos un silencio, no el que dicta aquel senador, sino un silencio excelso,

uno que le de voz al alma, porque ya las palabras se repiten y estorban,

porque todas las frases se han dicho muchas veces, se han hecho cliché y han perdido el sentido,

porque ya nada que se pronuncie es novedad, ni siquiera verdad;

lo falaz ha permeado todos los rincones y para cada acción está lista una estrategia;

ya las amistades se diluyen como agua entre los dedos y los amores son ahora simulacros.

 

Observa en mutismo la anchura de la autopista, la luz sobre las flores,

las sillas solitarias del parque, las líneas que la vida a dibujado sobre cada rostro;

siente la lucidez que proporciona el alba, la frescura de ver una sonrisa,

la tristeza de tus sueños rotos, la ansiedad y la insensatez que produce la noche.

 

Tócate las palmas, detalla el tempo de tu respiración, la ternura de tu parpadear,

la tersura de tus muslos, la sensualidad de tu garganta,

esa que ya no necesita del lenguaje para hablar,

porque este silencio dice más y lo hace mucho mejor.

 

Mirémonos a los ojos, develemos nuestra esencia sin recelo,

actuemos sin falsificarnos, sin cosificarnos, sin trivializarnos;

estamos hechos de carne, pero esta es inútil si vetamos lo que dentro de ella habita,

lo que nos hace verdaderos.

 

Nunca ha sido tan urgente como ahora volver a lo real, al contacto físico,

a estar presentes en cada instante, a apreciar el entorno,

a ver más allá de las formas y de la piel,

a sentirlo todo.

 

Este exceso de información, de mensajes, de ruido nos ha dopado,

sustituyendo lo veraz por lo corrupto,

la pureza por lo obsceno,

la vulnerabilidad por la violencia,

los sentimientos por intereses ególatras.

 

Se han adormilado los sentidos y ahora mismo estamos en piloto automático.

Por favor despréndete de tu autómata, libera el espíritu,

dale vida a la fragilidad y al fulgor que tienes por dentro,

muestra tu necesidad y tu locura, sin justificaciones ni arrepentimientos.

 

Que tu accionar le haga justicia a lo que sientes,

porque hacen falta personas osadas,

que frente a los códigos sociales estén en franca rebeldía,

que vayan contracorriente,

que sean difíciles de clasificar.

 

Para todo esto no necesitas del idioma,

hazlo sin trucos ni trampas,

di absolutamente nada,

todo lo puro, todo lo añorado,

todo lo sublime se hace en silencio.

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